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27 enero 2021 3 27 /01 /enero /2021 11:43

 

 

“Voy a seguir luchando hasta mi muerte, debajo de la tierra voy a seguir gritando…”

 

Bolivia: Entrevista a Felipe Quispe, el último Mallku

Por Lobo Suelto
 
«Nosotros nos consideramos seguidores y continuadores de Tupaj Katari».
5__Whipala
 
 
____Bolivia_Mallku_Felipe_Quispe__
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25 junio 2020 4 25 /06 /junio /2020 20:24

 

ENLACES de Red Latina sin fronteras 25.06.2020
comunicaciones e información para la liberación

 

redlatinasinfronteras.sur@gmail.com
https://twitter.com/#!/RedLatinaSinFro
https://www.facebook.com/enred.sinfronteras.5
 


enlace a ediciòn completa: 
https://redlatinasinfronteras.wordpress.com/2020/06/25/enlaces-de-red-latina-sin-fronteras-25-06-2020/

 

SUMARIO:

 

ARGENTINA:
-Misiones: Pueblo organizado derrota a multinacional salvaguardando semillas y biodiversidad
-Declaraciòn del Encuentro Nacional de Prácticas Comunitarias en Salud
-Andrés Carrasco, ciencia disruptiva: al servicio de la comunidad
-La salud empieza en la raíz
-Chaco: Torturas y represión a la Guardia Comunitaria Whasek Wichí
-Puedo escribir los textos más tristes esta noche
-Gremial de Abogad@s denuncia accionar de Benetton contra comunidades mapuche
-Los niños fumigados
-AMADH: La prostitución no es destino
- “Aplicale mafia…”
-El ajuste al desnudo. La clase obrera, la pandemia y la crisis
-Alina Sánchez, un abrazo que no entiende de fronteras
-Covid 1984 (segunda parte)
-Berni, arma larga del estado
-Jujuy: Narcopolicias agentes transmisores del contagio
-La empresa Vicentín y el terrorismo de Estado

 

BOLIVIA
-tres pastorcitos y el hombre araña

 

BRASIL:

-Convocatoria a la solidaridad con el MST

 

CHILE
-De primera línea a primera línea
-Entrevista a Leonor Olate, médica Brigada Cruz Negra
-Salud mental es vivir en comunidad
-Luis Alberto Chihuailaf, gran luchador de toda la vida, mirista, mapuche, profesor, murió en París
-Comunidades indìgenas: El mal gobierno ausente en todo lo que no sea extractivismo y represiòn

 

EEUU
2020 -colonizando al colonizador-

 

MÈXICO:
-Oaxaca: Solidaridad con el pueblo indígena Ikoots, de San Mateo del mar
-Las represas en Chiapas
-Chinamperos de Xochimilco: Su línea de combate es la siembra de alimentos básicos
-Quinto aniversario del Frente Popular en Defensa del Soconusco

 

NICARAGUA
-Tierras deforestadas y robadas
-El oprobioso final de Edén Pastora

 

PAIS VASCO
-No a la nueva normalidad! Vidas dignas para todas! 

 

PERÙ:
-Reivindicación de Hugo Blanco
-¿Por qué la DBA -Derecha Bruta y Achorada- le teme tanto a Hugo Blanco?

 

SAHARA OCCIDENTAL: 50 años de olvido

 

URUGUAY
-Este 27 de Junio volvemos a las calles!
-Videoconferencia: Biodiversidad, entre las áreas protegidas y el uso sustentable
-A Don Josè, que sigue alumbrando con su voz la oscuridad
-Por las libertades. Contra el confinamiento

 

WALLMAPU
-Tiempos de pandemia y la represión permanente al pueblo Mapuche
-Intensifican represión contra el pueblo mapuche. Agreden a médica de machi Celestino
-Crisis, COVID-19 y prisión política mapuche. El caso de Lov Elikur

 

EUROPA:
-Estado español: Felipe Gonzàlez, el señor “X” del terrorismo estatal
-Estado español: La tortura como sistema y el sistema franquista de tortura
-Europa en opiniòn de Toni Negri: Los patrones buscan el shock
-Italia: “Ha llegado el momento de invocar el derecho de resistencia”
-¿Por qué Turquía bombardea el Kurdistán iraquí?

 


OTRAS NOTAS:

-Informe 2019 Acceso a la tierra y territorio en Sudamérica

-Entrevista a Noam Chomsky: «La revolución española propiamente dicha acabó alrededor del 19 de mayo de 1938»

-Silvia Ribeiro: Gestando la próxima pandemia

-Autogestionar la comida y la vida

-La tormenta se torna más violenta -Reflexiones desde la crisis pandémica

-Los murciélagos no tienen la culpa

 


Ediciones anteriores:
https://redlatinasinfronteras.wordpress.com/2016/04/04/enlaces-recopilacion-ediciones-anteriores-desde-2014/

 

Ilustraciones en Red Latina sin fronteras
https://www.flickr.com/photos/15135029@N06/page1

 


Mensaje difundido bajo la protección del Art. 19 de la Declaración de Derechos Humanos, que señala: “Todo persona tiene derecho a la libertad de opinión y expresión; este derecho incluye el de no ser molestado a causa de sus opiniones, el de investigar y recibir informaciones y opiniones, y el de difundirlas, sin limitación de fronteras, por cualquier medio de expresión”. Asamblea General de la ONU a 10.12.1948

 

 

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9 diciembre 2019 1 09 /12 /diciembre /2019 08:49

 

Evo Morales, su caída y los mitos de Occidente

Pedro Portugal Mollinedo*
Periódico PUKARA Nº 160  
Diciembre 2019 La Paz

http://periodicopukara.com/

 

Consideraciones sobre las miradas exógenas al contexto político boliviano:

 

Los acontecimientos recientes en Bolivia han merecido análisis y comentarios en la prensa y redes sociales internacionales, con calificaciones y previsiones mucho más tajantes y alarmistas que las que se pueden leer en la misma Bolivia.

 

 Esto se debe, en gran parte, a que el desposeído del poder en este país, Evo Morales, es un indígena. Se ha construido un mito en el mundo occidental sobre el indígena que contradice los anteriores que en esta misma parte del mundo se construyeron antes. Todo mito social tiene funcionalidad económica y política Cuando el mito procede del colonizador (o del neocolonizador), seguramente su implementación tiene relación con el mantenimiento de un domino y no con la liberación de los así identificados.

 

 Europa y sus retransmisores en nuestros países utilizaron varios mitos en su histórica relación con los llamados indios de América. Primero eran salvajes, paganos, incivilizados; luego retrasados, cerriles; finamente, en vías de desarrollo con particularidades locales. Actualmente los mitos son más halagadores, pero no menos perniciosos. En Occidente hay una moda de elogiar al primitivo como portador de verdades que el vil occidental no puede percibir y que se expresarían en una cosmovisión en la que lo humano se subordina a lo natural, lo que haría del indio un ser respetuoso del medio ambiente y de la convivialidad, incluso con los más míseros bichos de la Madre naturaleza.

 

Esos mitos sirven solamente para resolver ilusamente un complejo de culpa occidental y condicionan una aproximación errada de la realidad social y política en esa parte del mundo, pues necesariamente tienen que refugiarse en la metafísica y obvian analizar los problemas históricos y sociales contemporáneos.

 

 La invasión europea a partir de 1492 ha originado la colonización, entendida no como asunto de saberes y alteridades, sino como el más terrenal usurpamiento del poder político.

 

A partir de entonces los indígenas fueron enajenados del poder político y de toda influencia efectiva en la conducción de sus propios asuntos. Esa es la realidad de la colonización y por ello la descolonización histórica fue la autodeterminación y el acceso a la independencia de los antes colonizados.

 

Por razones que detallarlas excede el objeto de esta nota, en América no se pudo efectivizar ese tipo de descolonización histórica. En lo que actualmente es Bolivia el intento más claro de esa alternativa fue –seguramente– la guerra de Tupak Katari, en 1781. Razón por la cual ese movimiento y particularmente la figura de su líder siguen siendo emblemáticos en nuestro país.

 

En América se dio más bien lo que se conoce como las “guerras de independencia”, que crearon los actuales estados en el continente e impusieron el modelo republicano bajo la hegemonía de los criollos, los hijos de los españoles y, más subordinadamente, de los mestizos. En ese nuevo modelo no logró la formación de una nueva identidad nacional integrando al indígena, sino que reprodujo la segregación colonial española, a veces agravándola.

 

El criollo empoderado instauró una sociedad racializada (si entendemos al racismo como la creencia de diferencias biológicas esenciales entre los seres humanos, la racialización es la construcción de roles sociales a partir de ese prejuicio). La institucionalidad estatal y el poder político estuvieron así fundamentados en la interiorización indígena, su ubicación en el último escaño de una sociedad de castas, antes que de clases, y la utilización de ideologías para justificar y reproducir esa injusticia.

 

A nivel de justificación ideológica el criollo utilizó todas las ideologías procedentes de Occidente, a veces desnaturalizándolas según sus intereses. Sucedió con el cristianismo, la ilustración y el liberalismo, el socialismo y actualmente el culturismo posmoderno.

 

En todos los países del continente la ideología dominante en la academia es el culturalismo posmoderno y todas las aplicaciones estatales hacia lo indígena se hacen en esa inspiración, que es, además la de las agencias de cooperación internacional.

 

Lo particular de Bolivia es que esa generalidad fue asumida por un presidente indígena, lo que llevó a muchos ingenuos a creer que se trataba de la aplicación de políticas indígenas a través de un verdadero gobierno indígena. De ahí la confusión en el análisis de lo que sucede en la actualidad en Bolivia y que descarrilla a la casi totalidad de comentadores extranjeros. Ese error genera desvaríos en el análisis de lo que sucede en este país. Voy a tomar, solo como muestra, lo expresado por Thierry Meyssan en su nota “La Bolivie, laboratoire d’une nouvelle stratégie de déstabilisation” (1)

 

Ese autor cree que (“El nombramiento de un nuevo gobierno sin indígenas llevó a los indios a salir a la calle en lugar de los matones que perseguían al gobierno de Morales”)

 

El nuevo gobierno sería solo de “blancos” y el indio los estuviese combatiendo en las calles. Cualquier curioso que ingrese a algún medio de comunicación sabe, por el contrario, que el actual gobierno ha incluido a indígenas en su gabinete, aun cuando sea en responsabilidades nada estratégicas, y que ha tenido la habilidad de concertar con las organizaciones sociales –COB, CSUTCB, Pacto de Unidad, Interculturales, Ponchos Rojos…– que antes se creían exclusivas y aliadas a muerte del gobierno de Evo Morales (2)

 

 Por otro lado, es la bancada de senadores y diputados del MAS –ahora predominantemente indígena, pues los criollos empoderados sobre ellos y que eran quienes realmente gobernaban Bolivia están en fuga, refugiados en embajadas o gozando ya las delicias del exilio dorado– la que finalmente aceptó nuevas elecciones, ¡sin la participación en ellas de Evo Morales y Álvaro García Linera!

Esto era previsible, pues en los 14 años de gobierno de Evo Morales la relación del Estado con los indígenas fue siempre clientelar. No hubo descolonización política, funcional, estructural. Es, por tanto, que los mismos mecanismos de sumisión se manifiesten con cualquier otro nuevo gobierno.

 

Peor aún, al ser los modelos del culturalismo posmoderno de inspiración liberal capitalista, es previsible que en ese esquema el actual gobierno tenga más éxito que el anterior en su aplicación. De ser así, de la misma manera que esa política significó una impostura y el posterior abandono indígena a Evo Morales, representará también el caos para cualquier otro que lo implemente y no entienda la descolonización en sus términos económicos, sociales y políticos, y no como idealización del pasado, supuesta autonomía sobre territorios reducidos y no de participación decisoria plena en el conjunto del país y en términos sincrónicos. No hay tampoco la “violence inter-ethniques” que Thierry Meyssan parece desear antes que constatar.

 

Es cierto que la oposición a Morales surgió primero en medio de la clase media y que gran parte de esta tiene añoranzas de tiempos pasados, en los que se expresaba el racismo sin tapujos. Hubo expresiones de ese tipo, sin duda, pero no se manifestaron entonces en ningún tipo de enfrentamiento interétnico… ello vino después y por razones ajenas a la sola defensa (o ataque) a Evo Morales. La primera etapa de arremetida contra Morales surgió en la clase media, que se manifestó en movilizaciones y bloqueos urbanos.

 

Mientras las zonas residenciales y el centro de La Paz se hallaban convulsionados, en los barrios populares y particularmente en la colindante ciudad de El Alto la vida cotidiana se desarrollaba normalmente, pese al llamado de Morales para que se movilicen y lo defiendan.

 

Finalmente, hubo cabildos en el Alto y movilizaciones populares en La Paz en apoyo a Morales, que generó enfrentamientos, algunos violentos, con los movilizados de la clase media, pero fueron sin contundencia y nada decisorios, pues los acontecimientos concluyeron en la renuncia de Evo Morales.

 

Después del abandono de Morales a sus partidarios, al salir al exilio que le ofreció México, y dejar mal plantados a sus ministros (algunos hablaban –y seguro se organizaban– para hacer de Bolivia otro Vietnam) recién se manifestó la ira en El Alto y en las comunidades indígenas, pero fue porque en la fiebre de su victoria, los ganadores empezaron a vilipendiar e insultar a la Whipala, la bandera de los indígenas. Así, se dio la situación contraria. Mientras La Paz y particularmente sus zonas residenciales se hallaban ya quietas, la furia se desencadenaba en el campo, las zonas populares y especialmente El Alto.

 

El nuevo gobierno reaccionó con violencia, provocando muertos y heridos, justificados o pasados en silencio por quienes vieron en ello acabar con los resabios del masismo y del anterior régimen, o distorsionados en su análisis por quienes veían póstumas pero heroicas defensas de Evo Morales.

 

En realidad, es la emergencia de una nueva realidad y de una conciencia que empieza a tomar forma, organizada bajo los gritos de guerra: “Ahora sí: Guerra civil” y “A la Whipala se la respeta, carajo” y que en el futuro solo puede tener desenlace político: Es el surgimiento de lo que será la verdadera descolonización y que no puede ser sino dar satisfacción a la exigencia de empoderamiento real en la vida política boliviana.

 

Este empoderamiento no será –en mi opinión– la satisfacción de una supuesta revancha étnica. Puede ser más bien la oportunidad de crear una verdadera nación. La historia nos ha mostrado –salvo en la experiencia latinoamericana– que las naciones no son fatalidades étnicas, sino creaciones políticas, que al ser acertadas originan nuevas realidades que trascienden a sus creadores. Pero para ello se necesita inspiración, vitalidad y hegemonía, y los últimos acontecimientos nos muestran que ello, en Bolivia, puede provenir del pueblo aymara.

 

Para que ello sea posible, hay que desembarazarse de mitos inmovilizadores creados por los criollos y enfocar la realidad. Y si son necesarios mitos, estos tienen que provenir de los colonizados pues así empieza la descolonización, y por ello no se perennizan, y son solo pasaje para poder vivir, administrar y actuar sobre la realidad contemporánea, nacional e internacional.

 

Uno de esos mitos es la naturaleza indígena de Evo Morales y de su gobierno.

 

Felizmente, en Bolivia se es crítico en ese aspecto, en especial en medio de la clase media que le idolatró en sus inicios (3), lo que al parecer no sucede aún en el extranjero…

 

Allí no se lo baja del Olimpo Andino y más bien se busca resucitar y poner como factores de poder elementos que tuvieron algún papel hace diez años o más y que ahora parecen ridículos o por lo menos irrelevantes, como el rol de los Oustachis en Bolivia, en los que se empeña Thierry Meyssan en su nota que evocamos.

 

1. https://www.voltairenet. org/article208390.html

2. https://www.opinion.com. bo/articulo/pais/consen - suan-ley-pacificacion-acuerdan-modi ficar-decreto-4078 /20191124032641738208. html

3. https://www.paginasiete. bo/opinion/2019/11/28/porque-cayo-evo-238729.html

* Pedro Portugal Molllinedo es Boliviano de origen aymara, de formación historiador, autor de varios escritos sobre la realidad indígena y actual director del periódico digital Pukara.

http://periodicopukara.com/

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8 diciembre 2019 7 08 /12 /diciembre /2019 13:35

 

Bolivia: la hora de la autocrítica
por Katu Arkonada

 

La apuesta siempre debió haber sido volcarse sobre el núcleo duro, el movimiento indígena originario campesino, y no sobre las clases medias

 

Después de varios análisis denunciando el golpe de Estado en Bolivia, y el saldo sangriento de más de 30 personas asesinadas y mil detenidas, es hora de empezar a analizar los errores cometidos por el proceso de cambio boliviano, errores sobre los que se han montado los golpistas, para no volver a cometer los mismos en el escenario político y electoral que se viene en los próximos meses.

 

Este análisis (auto)crítico parte también desde el más absoluto compromiso con el proceso de cambio que transformó Bolivia durante 13 años, y desde la lealtad al MAS-IPSP y a su líder Evo Morales, siempre acompañado por Álvaro García Linera, y en contra de cualquier utilización perversa de la crítica, como se ha venido haciendo desde ciertos sectores de centro-izquierda, o desde algunos feminismos [y autonomismos] (ver https://lahaine.org/cP6g).

 

Los procesos hay que vivirlos, hay que conocerlos desde el barro de la militancia, y no criticarlos desde la academia o una supuesta equidistancia, mucho menos si esa crítica sirve para terminar justificando un golpe de Estado.

 

Mucho se habla estos días del supuesto error de Evo al forzar su repostulación en 2016. Incluso una funcionaria que ha cobrado dinero público por muchos años escribe ahora: Ese es el tamaño del daño que le ha hecho a nuestra democracia el intento de repostulación del ex presidente Evo Morales.

 

El primer gran error fue colocar en el Estado a gente sin ningún compromiso, que a las primeras de cambio se ha dado la vuelta y apoya o cuanto menos contemporiza con el gobierno golpista. Sustituir el instrumento por el Estado, por funcionarios mediocres sin compromiso político, es un primer error. El MAS-IPSP se convirtió en un instrumento de ascenso social (impregnado de corrupción, además).

 

Bajar banderas, de la mano de estos funcionarios mediocres, para querer hablar a las clases medias desde el liberalismo, fue un segundo error determinante. Más que atraerlas, se reforzó su conservadurismo.

 

La apuesta siempre debió haber sido volcarse sobre el núcleo duro, el movimiento indígena originario campesino, y no sobre las clases medias, que ya estaban perdidas, pues no sólo no veían los beneficios inmediatos del proceso, al contrario de los sectores populares, sino que además iban siendo politizadas contra el proceso por los medios de comunicación.

 

El tercer error fue justamente confiar en los medios de comunicación, todos ellos justificando hoy a los golpistas, y así como en los medios, también en las élites económicas cruceñas, que apoyaron mientras el gobierno tenía músculo, pero se dieron la vuelta rápidamente.

 

El cuarto error fue confiar en la Organización de Estados Americanos (OEA). Pensar que como no se había hecho fraude, el Ministerio de Colonias del Imperio nos iba a dar la razón. Ya hace mucho nos avisaron que al imperialismo ni un tantito así, pero no aprendimos. Y este error terminó siendo determinante en el golpe de Estado, junto con la confianza excesiva en la policía (golpista estructural) y militares.

 

Y el quinto error, volviendo al inicio, no fue buscar la repostulación de Evo, sino el momento en que se hizo (a un año de haber ganado con 61 por ciento de los votos) y no comunicar bien para qué se hacía (terminar lo que se empezó con una agenda clara de pobreza cero y derechos en 2025, Bicentenario de Bolivia).

 

La no repostulación no estaba originalmente en la Constitución, fue fruto de la correlación de fuerzas en la Constituyente, impuesta por una derecha que incluso en el referendo sólo pudo ganar 51-49 por ciento gracias a la mayor campaña de guerra sucia y fake news de la historia de Bolivia. Quienes no son demócratas son ellos, desde el proceso siempre se buscaron fórmulas legales y constitucionales para volver a postular al único líder que permite la cohesión y unidad de los sectores tan heterogéneos que componen el MAS-IPSP.

 

¿Qué hacer?

 

Dos frentes de batalla se abren ahora. En primer lugar, seguir denunciando el brutal golpe que tanta sangre boliviana ha cobrado. Denunciar todas las vulneraciones de derechos humanos de los golpistas e impulsar la vuelta de Evo Morales a Bolivia para poder ordenar los diferentes intereses corporativos que se expresan en el MAS, incluida la propia Asamblea Legislativa Plurinacional.

 

En segundo lugar, levantar las banderas originales del proceso, que nunca debieron ser arriadas. Las y los candidatos deben ser quienes han estado ahí desde el inicio, el núcleo que nunca te abandona, quienes han peleado en las calles de Bolivia contra el golpe o han sido fieles a Evo cuando todo se desmoronaba.

 

Hay que estar claros de que no han dado un golpe de Estado, con la complicidad e impulso estadounidense, para entregar el poder en abril en unas elecciones. Es necesario, por tanto, prepararse para una travesía por el desierto, como hizo el kirchnerismo en Argentina, o está haciendo el correísmo en Ecuador. Toca resistir desde la Asamblea, y atrincherarse en lo territorial, ganando todos los municipios y gobernaciones que se pueda, demostrando que el MAS-IPSP es la mayor fuerza político-electoral del país.

 

Quizás sea necesario discutir si el golpe de Estado en Bolivia ha sido fruto de un exceso de democracia que provocó una escasez de oportunidades de ascenso social para los históricamente privilegiados, pero de lo que no hay duda es de que también es parte de una estrategia imperial donde el gas, y sobre todo el litio, también tienen mucho que ver.

 

* Arkonada es militante del MAS-IPSP.
La Jornada

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14 noviembre 2019 4 14 /11 /noviembre /2019 14:10
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14 noviembre 2019 4 14 /11 /noviembre /2019 10:47
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23 octubre 2018 2 23 /10 /octubre /2018 22:56

 

Bolivia: Defensa de la democracia
Raúl Prada Alcoreza

 

Si el siglo XX fue cambalache, como dijo Enrique Santos Discépolo, el siglo XXI parece iniciarse con una exacerbación de lo mismo; es decir, el mismo cambalache llevado al extremo, podría decirse, al colmo. Pasa en todos los escenarios, contextos, planos de intensidad de la sociedad moderna. Si a algo llega la última cuarta parte del siglo XX es a la banalización total de todo; en primer lugar, de la cultura; asistimos al sistema-mundo cultural de la banalización generalizada. Es como si todo perdiera espesor y contenido, para deslizarse en ni siquiera en la superficie, que sería como la piel de cuerpo, sino en ese fugaz rose de la artificialidad, que emula brillar, solo lográndolo un instante, el del engaño. Fines de siglo XX y principios del siglo XXI se caracterizan por este juego de las apariencias, de las emulaciones, de los espectáculos, es decir, de la simulación desenvuelta.


Entre los planos de intensidad sociales de esta sociedad crepuscular, la de la modernidad tardía, se encuentra lo que las ciencias sociales, sobre todo la sociología y la ciencia política, denominan campo político; pues este campo expresa elocuentemente la banalización extensiva de la política. Se considera que hacer política es ser astuto, jugar a la prestidigitación, convencer a los potenciales electores que de lo que se dice ocurre o es acertado. No importa si es así, lo que importa es que la gente lo crea. Esta prestidigitación hay de todos los colores, de todas las tonalidades, de todas las ideologías concurrentes. La “izquierda” de la modernidad tardía se presenta como la heredera de la historia heroica de las revoluciones, entonces es hija revolucionaria de estas tradiciones. La “derecha” de la modernidad tardía se presenta como defensora de la institucionalidad, de las tradiciones y valores culturales de la nación. Ambas, “izquierda” y “derecha” se disputan el lugar del protagonismo del “desarrollo” y el “progreso, sin entrar a sus diferencias enunciativas, cuando una reclama ser la vanguardia de la justicia, la otra reclama ser la garantía de la libertad y de la institucionalidad. Empero, lo dicen cuando los referentes de la justicia, de la libertad, de la tradición y de la nación se han diseminado o convertido en meras menciones nostálgicas.


El mundo que se experimenta no se mueve por estos ejes, que fueron los ideales del siglo XIX y parte del siglo XX. Este mundo se mueve por los ejes diseñados y construidos por lo que hemos denominado el lado oscuro del poder. Lo que opera, no es exactamente la institucionalidad, sino los dispositivos de las formas paralelas, no institucionales, del poder. La institucionalidad es solamente máscara para cubrir el rostro de los disfrazados, es decir, de los gobernantes, de los jerarcas de los aparatos del Estado, de la casta política. Todos estos personajes están en otra cosa; son los comodines, por así decirlo, de la baraja de los juegos de poder.


En el campo político de la modernidad tardía la democracia, incluso institucional y formal, ha desaparecido. No se ejerce. La democracia es un nombre que se utiliza para legitimar los actos políticos, que no condicen con nada parecido a las prácticas democráticas. Las elecciones son como anticipadas por lo que se llamó la publicística, que solo la trivialidad de los medios de comunicación considera estadística políticas o electorales; hablamos de los sondeos de opinión. Se trata de una mercadotécnica política; vender imágenes de una manera numérica. La política se ha reducido a la publicidad, a la presentación de imágenes, a la concurrencia de spot televisivos. Con el avance tecnológico de los medios de comunicación, la informática y la cibernética, la manipulación de la gente ha alcanzado niveles sin precedentes. Los espacios noticiosos, que deberían corresponder a la información veraz, se han convertido en espacios de invención de otra realidad, la virtual, que es asumida por el público, sin más, como “realidad”, como tal.


Si la política, durante el siglo XIX y la primera mitad del siglo XX, fue considerada como el espacio de disputa de proyectos políticos, si la ideología fue considerada como el espacio de la lucha social en el terreno de las ideas, en la modernidad tardía la política es la máscara de presentación para una mezquina labor, la de enriquecerse. La ideología, que significa estudio de las ideas, se ha transformado en el ámbito de la diatriba y de la demagogia, donde las ideas brillan por su ausencia. En estas condiciones de imposibilidad no puede emerger la democracia, ni como representación y delegación legitima de la voluntad general, ni como autogobierno del pueblo, que sería mucho pedir. Si los medios de comunicación siguen mencionando como tema la democracia, de acuerdo con los contextos, que les toca informar, lo hace por inercia o porque han perdido, hace tiempo, los códigos de la democracia. Los medios de comunicación son parte del montaje del gran espectáculo de la simulación política; el teatro político se ha convertido en el envolvente escenario del espectáculo repetido incansablemente.


En Bolivia asistimos, de acuerdo con nuestros contextos singulares y, obviamente, actores nativos, a los dramas cotidianos de la trama política local, aburrida y recurrente, con tonalidades folclóricas y anecdóticas. Como en otras partes, la democracia se ejerce en la práctica misma de desaparición de la democracia. Se ejerce la democracia en la acción misma de su asesinato. Lo que menos importa es lo que ocurre con la democracia, que es, para recordar a los que lo olvidaron, el gobierno deliberativo y de asamblea del pueblo. Lo que importa es que se invistan de democráticas las prácticas de dominación de la casta política. Que no sea sostenible esta pretensión, poco importa, pues de lo que se trata es que se crea que así ocurre.


Para ir al grano, el 21 de febrero de 2016 se hizo un referéndum, que corresponde, según la Constitución, a una de las prácticas de la democracia participativa, lo que implica el establecimiento, por lo menos jurídico-político, del sistema de gobierno de la democracia participativa, pluralista, comunitaria, directa y representativa. En el referéndum se preguntó a la ciudadanía sobre la reforma constitucional, que buscaba habilitar al presidente a la reelección indefinida; el resultado del referéndum fue la negativa por parte del pueblo a revisar la Constitución; lo que implica que el presidente no puede repostularse, queda inhabilitado para la subsiguiente elección. Sin embargo, a pesar de este indiscutible resultado, el partido de gobierno y todas sus instancias, estatales y no estatales, buscaron modos para eludir la responsabilidad de respetar los resultados del referéndum. La artimaña, por cierto, grosera, fue la estrafalaria argumentación de que no se pueden vulnerar los “derechos humanos” del presidente, según una interpretación estrambótica del Convenio de San José. Al respecto, no importa que este recurso fuese absurdo, grotesco y extravagante, no importa que sea insostenible, sino que se lo diga, sobre todo para mantener, no las apariencias, sino la inercia inescrupulosa del poder.


Desde el 2016 las llamadas plataformas ciudadanas se han encargado de recordar el resultado del referéndum y lanzarse a la defensa de la democracia. Sin embargo, en la reciente coyuntura, cuando el MAS postula a sus candidatos, el presidente y el vicepresidente, inhabilitados por la voluntad popular, y se da lugar a la postulación de un candidato de “oposición”, el vocero de la causa marítima, parte de las plataformas ciudadanas parecen olvidar el referéndum y que la defensa de la democracia consiste en hacer respetar los resultados del referéndum. Los partidos políticos de la “oposición” dejan de lado su declarada inclinación por hacer respetar el referéndum y la democracia, dedicándose a formar alianzas, buscar consensos, para enfrentar al partido oficialista en las convocadas elecciones de 2019. Hasta ahí llega la vocación democrática de parte de las plataformas ciudadanas y de los partidos de la “oposición”.


Con esta actitud diletante parte de las plataformas ciudadanas y todos los partidos de “oposición”, incluyendo a un partido que fue y es “oficialista”, que ahora postula al candidato reconocido como de la unificación de la “oposición”, habilitan a los inhabilitados por el referéndum a las elecciones de 2019. Jugada magistral de la estructura palaciega del gobierno. Sus enemigos declarados y señalados como tales por el oficialismo son cómplices de la habilitación del presidente y del vicepresidente. Si éste es el panorama del periodo de 2019, entonces asistimos al asesinato de la democracia, no solamente por parte de los gobernantes y los aparatos de Estado cooptados, sino también por parte de las plataformas ciudadanas y los partidos de la “oposición”.


La miserabilidad política


En el contexto jurídico-histórico-político de la tercera derrota de la guerra del Pacífico, la resolución de la CIJ, el “gobierno progresista” no asume la derrota, sino recurre desesperadamente a sus juegos de prestidigitación; uno de sus voceros, el vicepresidente, dice que “empatamos”, pues la Corte de la Haya no dice ni “si” ni “no” o dice ambas cosas. Esta conducta irresponsable ante tan grave desenlace para el país no deja de ser sorprendente, a pesar de la triste historia de claudicación de la diplomacia boliviana; nos muestra los niveles de enajenación a los que se ha llegado en la casta política gobernante. Pero, más sorprendente aún es la pusilanimidad del pueblo. Deja que los gobernantes sigan campantes y el equipo boliviano de la causa marítima continúe, a pesar de habernos arrastrados a la tercera derrota de la guerra del Pacífico. Aunque sea anecdótico, uno recuerda lo que le contaron de niño, que el gobierno de entonces, el de 1879, ocultó la información de la invasión a Antofagasta para no arruinar la festividad de los carnavales. Sea cierto o no esto, lo que transmite esta anécdota es una figura patética, no solo de los gobernantes sino también del pueblo. Ambos fueron cómplices de la derrota miliar de la guerra del Pacífico. Como dijimos en Geopolítica regional y en El presente aterido al pasado, un pueblo que no quiere perder sus territorios heredados lucha por ellos hasta la muerte.


En este contexto banal, el gobierno no renuncia, que es lo que debería hacer, por un mínimo de dignidad, tampoco el equipo boliviano de la causa marítima, abarcando a gobernantes, “director técnico”, agentes y voceros; actúan como si no hubiera pasado nada. Lo más grave es que el pueblo no cobra consciencia de la derrota ni de sus alcances histórico-políticos-culturales. Es precisamente en este contexto donde el inhabilitado por el referéndum y su yunta son habilitados por el vocero del equipo de la defensa marítima boliviana, al postularse a las elecciones del 2019, desentendiéndose de que la conditio sine qua non para las elecciones es respetar los resultados del referéndum mencionado. De una manera dramática los enemigos declarados, que dicen defender la democracia a su modo, son cómplices del crimen de la democracia.


fuente:
https://www.bolpress.com/2018/10/19/defensa-de-la-democracia/

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10 octubre 2015 6 10 /10 /octubre /2015 12:31
BOLIVIA: ¿Estado Autonómico o Estado Plurinacional?

BOLIVIA: ¿Estado Autonómico o Estado Plurinacional?
Por Rafael Bautista S.

Mañana se realizará el referéndum autonómico. Poco importa si gana el sí o el no. El debate acerca de las autonomías muestra la pérdida –incluso gubernamental– del horizonte plurinacional. El lenguaje que expresa, tanto al gobierno como a la oposición, es el autonómico; toda discusión ha devenido en una pueril guerra declarativa: ¿quién es más autonomista? El que se aparta de esa discusión está “políticamente incorrecto”. El lenguaje autonomista ha borrado las fronteras entre la derecha y la izquierda, también la esfumado las referencias de lo popular, así como el carácter revolucionario que anunciaba el horizonte plurinacional. Así ha degenerado el debate político (para deleite del circo mediático). En esa trifulca poco importa lo verdaderamente importante; todos pelean, de uno y otro lado, por su exclusiva sobrevivencia. Tanto oposición como gobierno son, de ese modo, hermanados en lo inmediatista: todo se trata de sobrevivir, y a cualquier precio.

Hace poco, un reconocido intelectual del lado conservador declaraba, en una radio local, que la Constitución que aprobamos el 2009, no fue la que emanó de la Asamblea Constituyente (expulsada de Sucre, pero culminada en Oruro) sino de las “mesas de concertación” que, tanto gobierno como oposición, “celebraron” en Cochabamba y La Paz. Esto corrobora lo que ya habíamos advertido: el 2009 confirmamos un rapto, pues el poder constituyente había sido anulado por el orden instituido y, con ello, se reponía éste último a costa de la soberanía plurinacional.

La nueva Constitución, que debía contener una nueva estructura normativa del Estado plurinacional quedaba viciada por las prerrogativas liberales (que habían sido ya introducidas, aunque tímidamente, en la Asamblea Constituyente, y reafirmadas muy diligentemente en las “mesas de concertación”); de ese modo se resucitaba al Estado anterior y se despachaba al rincón de los recuerdos la potencia revolucionaria del poder constituyente. Lo que el proceso de cambio tenía de revolucionario, lo tenía por ser un proceso constituyente. Pero si esta potencia constituyente es desconocida por el orden instituido, entonces lo que sucede no es sino la reposición del carácter señorial-liberal del Estado colonial. En resumidas cuentas, se trataba de un coup d’Etat. Suprimido el poder constituyente se suprimía al sujeto constituyente y, en su lugar, aparecía un sujeto sustitutivo que, a nombre del proceso de cambio, cambiaba todo para no cambiar nada.

¿Qué era lo que reponía las prerrogativas del Estado señorial-liberal? El proyecto que abrazó la oposición más conservadora para enfrentar y bloquear toda posibilidad de constituir un Estado plurinacional y que, infelizmente, abrazó finalmente el mismo supuesto gobierno del cambio: el Estado autonómico.

Cuando los pueblos de tierras bajas empezaron, a fines del siglo pasado, el proceso constituyente, reclamando una nueva Asamblea para refundar nuestro país, lo hicieron enarbolando algo que, en todas las luchas emancipadoras indígenas había estado siempre presente: la autodeterminación de los pueblos. El lenguaje oenegista de la época tradujo eso por “autonomía”, lo cual sirvió a la derecha para asimilar, otra vez, a lucha popular, bajo una terminología pertinente a sus intereses. De ese modo se legitimó –tarea de intelectuales– el proyecto conservador con nuevas banderas populares. En octubre de 2003 eso era claro, pues la respuesta de la oligarquía camba fue rotunda ante la gesta revolucionaria de octubre: el reclamo de autonomía se hizo unánime en la derecha, porque lo otro significaba la creación de un nuevo Estado. Ante aquello ya inevitable, más aun con la elección de Evo, a la derecha sólo le quedaba la negociación o la capitulación.

El chantaje al proceso constituyente se expresó de este modo: sólo podía ser viabilizada la Asamblea Constituyente si se incluía las autonomías. Ésta fue la trinchera adonde se recluyó el ámbito conservador y, desde allí, boicoteó todo. El propósito era claro: el nuevo proyecto de Estado, si triunfaba, debía ser minado desde adentro. Las concesiones que se fueron confiriendo no bastaron, pues hasta exiliada de Sucre, la Constitución aprobada en Oruro fue “abierta” con la connivencia del propio gobierno y, de ese modo, “revisada” por los intelectuales al servicio del proyecto oligárquico. La facción gubernamental afirma, para su descargo, que sólo aquello viabilizaba la aprobación del texto constitucional; lo que no admite es que aquella “revisión” le devolvía al Estado su carácter conservador y, gracias a ello, podía reponer su estructura liberal. Los ideólogos del gobierno no veían tanto problema en ello porque sus premisas también eran liberales, es decir y, por ello mismo, aquello se llamaba acertadamente “mesas de concertación”.

No se enfrentaban dos visiones o proyectos de Estado sino que, a lo sumo, se negociaba la hegemonía. De ese modo, el sujeto sustitutivo repetía, para su propia desgracia, la paradoja señorial. No estaba a la altura de su desafío histórico: encarnar el nuevo horizonte político; lo único que hizo fue, como toda nueva elite, negociar, con la vieja, el poder arrebatado al pueblo. La oligarquía estaba derrotada pero, aun así, el sujeto sustitutivo –cuyo horizonte de creencias lo ataban al viejo Estado– en aquella negociación le devolvía a la vieja elite sus prerrogativas.

El llamado entorno q’ara repetía la historia como comedia, domesticando la revolución que el pueblo les había delegado. Hubiesen sido revolucionarios el 1952 pero ya no el 2009. El pueblo no había encarnado, en el 52, la necesidad de refundar nuestro país; pero desde el 2003 era inobjetable una nueva Constitución y un nuevo Estado. Las naciones y pueblos indígenas nos habían enseñado que el secreto de nuestra dominación radicaba en el propio marco normativo que estructuraba al Estado. Ese marco liberal era lo que debía superarse; pues era la sustancia misma que legitimaba a la legalidad del Estado-Nación. Un Estado plurinacional ya no podía partir de un marco normativo liberal. La novedad radicaba allí. La derecha más lúcida lo comprendió de ese modo. Por ello la insistencia en las autonomías se hizo asunto de vida o muerte.

El discurso autonomista no tenía nada que ver con la autodeterminación de los pueblos y las naciones. El modelo autonómico, en todas sus variantes, reafirmaba la fisonomía republicana del Estado, por ello bosqueja una estructura piramidal donde la descentralización de las funciones estatales no son nada más que la negociación de cuotas de poder entre los estamentos canonizados de la distribución liberal (gobierno, gobernaciones y municipios); por eso no es de extrañar que la “autonomía indígena” sea arrinconada al lugar más bajo siendo, en la práctica, cuasi imposible su implementación. Tampoco es de extrañar que, en los últimos años, la migración de ayllu a municipio sea lo más usual, pues ante la inexistencia de un marco normativo que ampare al ayllu –le dé existencia legal–, lo único posible es ampararse en el marco legal existente; el cual no consiente otras figuras que no sean las liberales, donde lo comunitario desaparece y sólo puede sobrevivir si se subsume a una normatividad burguesa, pertinente para el desarrollo exclusivo del capitalismo; lo cual significa la muerte de toda comunidad.

La adopción del proyecto del Estado autonómico empezó a revelar el carácter conservador de una izquierda en función de gobierno: la nueva derecha. Esto confirmaba la no pertenencia y falta de identidad de una izquierda que nunca supo en qué país estaba ni qué pueblo representaba. Por eso las críticas que la otra izquierda le hace al gobierno no tocan nunca el asunto neurálgico. Le oponen un socialismo anacrónico a un gobierno, cuyo horizonte socialista, le impide comprender la novedad que emana del nuevo sujeto plurinacional.

Habría que recordarles a los marxistas, de uno u otro lado, que una de las tres fuentes integrantes del marxismo –Lenin dixit– es el socialismo utópico francés, el cual fue posible, no sólo por la literatura utópica que inauguran Tomas Moro, Campanella y Bacon (los cuales hacen referencia siempre al Nuevo Mundo), sino por la influencia jesuita en Europa, que propagaban la forma de vida de las Reducciones como el modelo de convivencia utópica que encendió los ideales hasta de la revolución francesa. Esto quiere decir que la forma de vida que practicaban indios y jesuitas fue la inspiración del socialismo utópico. Lo mismo puede decirse de las ideas de democracia y libertad individual y hasta del sistema federal, las cuales no provienen de Europa sino de Amerindia. Europa, que procedía culturalmente de Roma y Grecia, respondía a tradiciones monárquicas que suprimían libertades individuales bajo regímenes despóticos. Tradición democrática no conocían, eso lo aprendieron de los indios; hasta el sistema de confederaciones de la liga Iroquesa fue el origen del sistema federal y de los Estados Unidos; el mismo concepto de “liga de las naciones”, que da origen a la ONU, es de origen indio.

Pero el eurocentrismo de la propia izquierda marxista fue lo que impidió siempre la consolidación de todo proyecto auténticamente nacional. Partir de lo propio nunca fue opción para una izquierda desprovista hasta de color local. Ese era el punto de inflexión que la llevó siempre a pactar con las elites conservadoras. Los prejuicios modernos los hermanaban siempre en contra de un alguien siempre señalado: el indio (eso explica el antimarxismo del indianismo). Por eso parten de un proletariado de libro, sin carne ni sangre, una abstracción que, una vez desaparecido, no importa, pues nunca realmente existió. Fueron los propios prejuicios modernos de la izquierda lo que le impidió trascender el credo capitalista y afirmarlo con más vehemencia, a costa siempre del sujeto real, concreto, que nunca llegó a conocer, por eso siempre se propuso eliminarlo: desarrollar, progresar y modernizarnos, partía siempre del presupuesto de que lo nuestro es inferior por naturaleza (racismo congénito moderno). La modernidad sólo fue posible excluyendo y negando toda otra forma de vida; por eso las revoluciones se hacen conservadoras: luchan contra el orden pero, al final, lo reafirman como lo único posible, porque no creen en otra cosa que no sea lo moderno.

Ahora la modernidad ha entrado en crisis terminal. Por eso el carácter revolucionario de nuestro proceso consistía en que, desde lo negado, se hacía posible imaginar un nuevo horizonte de vida, un nuevo Estado, una nueva política, una nueva economía. Pero, cuando se daban las condiciones objetivas de partir de lo más propio, la paradoja señorial nos mostraba que la dirigencia del proceso, las condiciones subjetivas, otra vez, no se hallaban a la altura del acontecimiento, entonces ¿qué podían hacer sino restaurar el mismo Estado del cual no eran libres? Como dicen los que saben: es más fácil, salir del mundo, que el mundo salga de uno.

La misma Constitución declara en su prólogo que “Bolivia es un Estado plurinacional… con autonomías”. No dice un Estado autonómico. La diferencia es lo que hay que aclarar. Desde la Asamblea hasta la actualidad, el gobierno ha gastado una considerable cantidad de recursos en contratar “expertos” en procesos autonómicos y teorías de la autonomía (entre los mismos asesores que tuvo el Ministerio de Autonomías figura gente que estuvo en las “mesas de concertación” y que, además, estuvieron siempre en contra del proceso constituyente); “expertos” que sabían bien de todo menos de lo más elemental: nuestro propio país. Nuestros intelectuales, consumidores netos de las ideas de afuera, se dieron a la tarea de imitar en suelo nuestro aquello que se teorizó en países como España, Bélgica, Canadá, etc.

Vale la pena recordar que en esos países aquellas teorías sólo fueron eso, teorías, pues todos ellos enfrentan, desde hace un buen tiempo, serias amenazas de desintegración que no pueden ser superados por ningún modelo autonómico. Porque la unidad nacional, necesaria en esta transición geopolítica global, no pasa por cuestiones técnico-administrativas, de descentralización, o por razones culturalistas. La vigencia y legitimidad de un Estado –y de su soberanía política– tiene que ver con algo que los propios clásicos de la filosofía moderna reconocen: el Estado es la consciencia del pueblo, es el universo ético de un pueblo hecho objetividad. El pueblo que se constituye en sujeto, instituye su universo ético como contenido normativo de su existencia política. Es decir, no hay nada más racional que partir de lo más propio, un pueblo que parte de sí se hace, de ese modo, real.

El modelo autonómico es apenas un modelo de administración de las funciones públicas; no llega a constituir una nueva normatividad porque es una expresión actualizada del paradigma liberal. Su popularidad consiste en que pretende responder a una necesidad: la mejora de la performance estatal. En ese sentido, su adopción, en el mejor de los casos, responde a inquietudes de carácter técnico. Como en la medicina, la política imperial produce la enfermedad para luego vendernos la vacuna; destruye la soberanía de nuestros Estados para después financiar modelos, que los producen las academias del norte para reafirmar nuestra dependencia. En ese sentido, los modelos autonómicos también pueden ser caballos de Troya, como el impulsado por los gringos para balcanizar a la ex Yugoeslavia.

Todo lo que predicaba la oligarquía camba provenía, en gran parte, de los famosos acuerdos de Rambouillet, del cual USA y la OTAN se sirvieron para acabar con la soberanía de aquel país. La negativa inicial al discurso autonomista fue por ello coherente; pero en la reposición del orden instituido, la misma retorica oligárquica fue asimilada, quedando el nuevo horizonte conceptual como un mero disfraz de la nomenclatura liberal que había sido restaurada bajo el apelativo de Estado plurinacional. No sabiendo en qué consiste aquello, se tenía que proponer un modelo estatal con algo; abrazar un modelo autonómico fue la única opción ante la ausencia de proyecto plurinacional. Por eso el Estado que se dedujo no podía acabar con la ley 1178 ni con el decreto 21060, porque lo único que se perfilaba era lo que ya había producido el neoliberalismo: un Estado administrador. Esta nueva descentralización de funciones en la ejecución pública, reactualizaba la ley de participación popular que, en los hechos, sólo había democratizado la pobreza y la corrupción.

Lo único logrado, hasta ahora, en el proceso autonómico, ha sido la inflación del aparato burocrático del Estado. Una vez respuesta la estructura liberal del Estado, además con el carácter de mero administrador que impuso el neoliberalismo, descentralizar aquello no conduce a hacer más eficaz las funciones estatales; sucede más bien lo contrario, pues para justificar delegaciones de poder y decisión, se tienen que incrementar conductos de transmisión de decisión y ejecución, lo cual ralentiza la propia gestión pública; sumado a ello la pugna hasta jurídica entre competencias que no siempre están definidas del todo.

Pero, y esto es lo grave, resulta hasta un contrasentido optar por una descentralización radical de algo cuya unidad es todavía bastante frágil. El gobierno parece haberse dado cuenta de ello, pero tarde (quizás por eso los estatutos patrocinados por el oficialismo no ceden mucho poder). La estructura liberal del Estado boliviano nunca produjo unidad nacional; siendo colonial y respondiendo a intereses que ni siquiera eran los propios, lo único que se requería era una fiel administración de aquella transferencia unilateral de valor hacia afuera: los intereses de afuera prevalecían ante los nuestros porque el Estado mismo estaba estructurado para hacer prevalecer aquello. Toda la estructura administrativa y legal que no fue desmantelada sino hasta reforzada, no ha hecho otra cosa que reponer la ineficiencia, la corrupción y hasta la desigualdad al interior del mismo gobierno. La legalidad vigente, así como no ampara nada que no sea el mercado y el capital y hace imposible otra economía que no sea el capitalismo, así le priva al Estado de identidad y universo ético propio. No parte de sí, por tanto, no vive para sí.

Un Estado plurinacional tenía la prioridad de reconstituir a las naciones que le constituyen y le dan sentido de vida. El contexto actual de crisis civilizatoria y crisis climática era el más idóneo para proponer, de modo hasta global, un nuevo paradigma como superación de la orfandad utópica que ha dejado una modernidad en crisis terminal.

Para consolidar una hegemonía (que no es dominación) se precisa consolidar una política de Estado, la cual, por legitimidad horizontal, tiene que hacerse doctrina estatal, es decir, ideología nacional. Si no hay esto primero, autonomizar sus funciones es un contrasentido, pues en la lucha por el poder, cuando ésta se ha universalizado hasta los estratos más bajos, sólo puede tener como fin la fragmentación y hasta la desintegración. Si la política de Estado no se ha hecho ideología nacional y doctrina propia de todo el conjunto estatal, el conjunto de competencias locales y nacionales no concurren sino hasta se oponen. Las autonomías mismas aseguran el poder local de las elites y, en una suerte de pacto fáustico, una vez “normalizado” el Estado, gobierno y oposición sólo juegan a quién dobla el brazo del otro.

Un proyecto estatal no es algo que se produzca por inercia institucional; no es lo técnico lo que prescribe la identidad y la soberanía de un Estado, sino lo político. El horizonte plurinacional, su clarificación, era la materia política de la nueva potencia popular; pero abandonado ese horizonte, lo que tenemos en la arena política es sólo discusiones de carácter técnico, cuando es lo político del Estado lo que no se halla resuelto. Esto se hizo manifiesto en las últimas elecciones, allí había de todo menos discusión política; ni siquiera el tema del mar provocó una seria reflexión de carácter geopolítico que proponga una consecuente política de Estado.

En esta coyuntura, cuando viene menguando el carácter revolucionario de nuestros procesos, el gobierno sólo apuesta a su sobrevivencia y, como no es capaz de producir hegemonía, opta por la dominación, es decir, por la legitimidad vertical (propia del poder que manda, no del poder que obedece). Poco ya importa el resultado del referéndum; lo triste es ver cómo el Estado plurinacional ha ido perdiendo su carácter revolucionario y ha ido reponiendo las prerrogativas del Estado liberal que queríamos superar. Performativizar las funciones estatales parece ser la única prioridad ahora, cuando la estabilidad lograda es sólo aparente. Kissinger dijo alguna vez que la estabilidad europea y gringa se la debía tan sólo al bienestar económico y se preguntaba, ¿qué pasará cuando ese bienestar acabe? Lo mismo podríamos preguntarnos ahora.

La estabilidad lograda es sólo circunstancial y aparente y no basta para afirmar lo esencial de todo porvenir estatal: la unidad nacional. Ésta es siempre acompañada del sentido de país que produce un proyecto que ha producido un máximo de disponibilidad común. Este máximo es lo que configura la unidad nacional. En nuestro caso, este máximo de nueva disponibilidad es lo que se había articulado en torno al horizonte propuesto por el sujeto plurinacional. En el proceso autonómico desaparece este sujeto y todo se reduce a la dictadura de las lógicas institucionales. Por eso se devalúa lo político en beneficio de lo técnico. Pero el Estado, como mero administrador es producto, precisamente, de un puro razonamiento técnico; ahora, como no se puede solucionar un problema con el mismo conocimiento que lo ha creado, resulta paradójico que, a nombre de Estado plurinacional, se pretenda constituirlo con la misma normatividad liberal que reivindican las autonomías.

En este sentido, reivindicar lo político del Estado quiere decir, explicitar el horizonte de sentido que han producido los pueblos y naciones indígenas, el sujeto plurinacional, para que el Estado encarne aquello como el contenido mismo de su existencia. Sólo dentro de aquello tendría sentido una descentralización político-administrativa, cuya prioridad manifiesta sea la reconstitución de los sistemas de vida indígena-originarios, la potenciación de su contenido comunitario, como el contenido propio de un Estado que se proponga la restauración del equilibrio sistémico de la PachaMama, condición sine qua non para resignificar un sistema de la producción cuyo criterio de racionalidad sea la producción y reproducción de la vida, como respuesta nuestra a la crisis climática que ha originado el capitalismo y el mundo moderno.

La Paz, Bolivia, 19 de septiembre del 2015
Rafael Bautista S.
autor de “la Descolonización de la Política.
Introducción a una Política Comunitaria”,

Plural editores, la Paz, Bolivia
rafaelcorso@yahoo.com

Rafael Bautista, es egresado de la carrera de Filosofía en el 2004 en la universidad Mayor de San Andrés de La Paz.
Postgrado crítica ética de la política ética mundial –junio 2006 Dictado por el filósofo Enrique Dussell ciudad de La Paz.
Director de la colección “Filosofía en Pensamiento Crítico Letra Viva”, de la Editorial 3a piel 2007-2008.
Miembro investigador del seminario de“Descolonización de Conciencia Nacional Popular” de la Vicepresidencia de la República.
Consultor contratado por el Ministerio de la Presidencia para la realización de la investigación“El Papel de los Medios de Comunicación en la Masacre de Pando 2009”.
Codirector del programa televisivo “Nos Daremos Cuenta” en Bolivia TV de noviembre de 2009 a febrero de 2010.
Es columnista eventual, del periódico Cambio 2010.
La Universidad de Pitsburg y su Departamento Hispánico de Lenguaje y Literatura lo invita como conferencista en la temática de la descolonización. Actualmente dicta seminarios en el SENCAP y en la Escuela de Formación Política Plurinacional en los temas:
Descolonización, ¿qué significa el Estado Plurinacional? y ¿qué significa el vivir bien?
fuente: http://teleeduca.egpp.gob.bo/materiales/sp/delestadorepublicafinal.pdf


Bolivia: ¿el fin de la hegemonía?
Rafael Bautista S.
http://www.alainet.org/es/articulo/168646

El G77 y la descolonización de la geopolítica
Rafael Bautista S.
http://www.alainet.org/es/active/74206

Hacia una geopolítica del mar (II)
Rafael Bautista S.
http://www.alainet.org/es/active/63317

¿Es desarrollado el primer mundo?
Rafael Bautista S.
http://www.alainet.org/es/active/37696

Del Estado colonial al Estado plurinacional
Rafael Bautista S.
http://www.alainet.org/es/active/28524

Un proceso amenazado que crece
Rafael Bautista S.
http://www.alainet.org/es/active/25972

¿Qué significa el Estado Plurinacional?
Rafael Bautista S.
http://www.katari.org/pdf/descolonizar/rafael

La descolonización de la política introducción a una política comunitaria
http://www.erbol.com.bo/noticia/cultura/12032014/la_descolonizacion_de_la_politica_introduccion_una_politica_comunitaria

http://horizontesnomadas.blogspot.se/2015/04/bolivia-el-fin-de-la-hegemonia.html

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