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22 enero 2020 3 22 /01 /enero /2020 15:09
 

___Red Latina_sin fronteras_125kb

ENLACES de Red Latina sin fronteras 22.01.2020

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comunicaciones e información para la liberación

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y por ùltimo –que dure lo que dure–
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20 enero 2020 1 20 /01 /enero /2020 15:30

______hector-llaitul-CAM

 

Wallmapu: “Llamamos a un levantamiento político y militar del Pueblo Mapuche contra forestales”


https://redlatinasinfronteras.wordpress.com/2020/01/17/wallmapu-llamamos-a-un-levantamiento-politico-y-militar-del-pueblo-mapuche-contra-forestales/

 

 

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20 enero 2020 1 20 /01 /enero /2020 15:27

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20 enero 2020 1 20 /01 /enero /2020 15:23

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20 enero 2020 1 20 /01 /enero /2020 15:19

agroindustria conamina

 

Agroindustria, contaminación generalizada, alimentación vegana, lucro y calentamiento global: un plato indigesto


https://redlatinasinfronteras.wordpress.com/2020/01/19/agroindustria-contaminacion-generalizada-alimentacion-vegana-lucro-y-calentamiento-global-un-plato-indigesto/

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20 enero 2020 1 20 /01 /enero /2020 15:16

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20 enero 2020 1 20 /01 /enero /2020 15:12

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20 enero 2020 1 20 /01 /enero /2020 15:09

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9 diciembre 2019 1 09 /12 /diciembre /2019 09:14

 

Chile: 50 dìas en la calle, resistiendo pese a militares, carabineros y partidos polìticos

 

La revuelta chilena ha sido atacada por los carabineros y cercada mediática y políticamente por los partidos políticos. Sin embargo, no pierde su fuerza y se amplía con la masiva participación de mujeres jóvenes y, progresivamente, de los pueblos originarios

 

Raúl Zibechi 
Brecha 6 diciembre, 2019

 

 “Volvimos a ser pueblo”: un sencillo cartel pintado sobre papel, colocado por una comunidad de vecinos sobre la avenida Grecia, es un grito de protesta contra el neoliberalismo que convirtió a las gentes en apenas consumidoras. Pero también conforma todo un programa político y una ética de vida, en apenas cuatro palabras.

 

No muy lejos de allí, la céntrica Plaza de la Dignidad, nombre con el que la revuelta chilena ha rebautizado a la Plaza Italia, parece zona de guerra. Los comercios están cerrados en varias cuadras a la  en varias cuadras a la redonda, engalanados con pintadas multicolores que denuncian la represión e incitan a la revuelta contra las más diversas opresiones. Los y las jóvenes no la quieren abandonar. Sostienen que el día que la protesta abandone la calle estará todo perdido. Una lógica implacable, pero difícil de sostener después de 50 días de movilizaciones.

 

La mayoría de las pintadas en muros de los alrededores, y en muros de todo Chile, cientos de miles, denuncian la violencia de Carabineros. “Nos violan y nos matan”, “No más abuso”, “Pacos asesinos”, “Paco culiao”, y así indefinidamente. Sobre una lágrima de sangre que resbala por una pared se puede leer: “Vivir en Chile cuesta un ojo de la cara”

 

Los medios de la derecha destacan que los muros “rayados”, que se pueden ver hasta en los más remotos rincones de la ciudad, ensucian Santiago. Como suele suceder, conceden mayor importancia a las pérdidas materiales que a los ojos de los 230 manifestantes cegados por los balines de los carabineros y que a las vidas de las casi tres decenas de asesinados por las fuerzas represivas desde mediados de octubre.

 

Además de los dedicados a Carabineros, abundan también los muros feministas, donde se ataca frontalmente la violencia machista y el patriarcado. Pintadas en tonos violetas y lilas que se entremezclan con las jaculatorias contra la represión. Pero la palma a la creatividad en las protestas se la lleva la performance “Un violador en tu camino”, creada por Las Tesis, un colectivo interdisciplinario de mujeres de Valparaíso. Ha sido reproducida millones de veces en las redes y replicada en casi todas las capitales latinoamericanas y europeas.

 

Incluso los medios del sistema (desde Radiotelevisión Española y CNN hasta el argentino Clarín) debieron dar cuenta de esa intervención callejera, una denuncia a ritmo de rap que pone en la mira tanto al gobierno como a los jueces y la policía. El seguimiento masivo que ha despertado muestra tanto la indignación mundial con la salvaje represión en Chile como la creciente influencia del feminismo en las protestas, con voces y estilos propios.

 

Las estatuas son un tema aparte. Se dice que son más de treinta las figuras de militares y conquistadores que fueron grafiteadas, desde Arica, en la frontera con Perú, hasta el sur mapuche. En la Plaza de la Dignidad, la figura ecuestre del general Baquedano ha sido pintada y tapada parcialmente. La historiografía de arriba lo considera un héroe de la guerra del Pacífico contra Perú y Bolivia, cuando el país vecino perdió su salida al mar.

 

En Arica, los manifestantes destruyeron una escultura en piedra de Cristóbal Colón, que llevaba más de un siglo en el lugar. En La Serena, rodó la estatua del colonizador y militar Francisco de Aguirre y en su lugar los vecinos colocaron la escultura de una mujer diaguita. En Temuco removieron el busto de Pedro de Valdivia y su cabeza fue colgada en la mano del guerrero mapuche Caupolicán.

 

Pedro de Valdivia está en la mira de los manifestantes. El militar, que acompañó a Francisco Pizarro en la guerra de conquista y exterminio en Perú, fundó, con el mismo método, algunas de las principales ciudades de Chile, desde Santiago y La Serena hasta Concepción y Valdivia. Es una de las figuras más odiadas por la población. Su estatua estuvo a punto de ser derribada en la céntrica Plaza de Armas.

 

Pero el hecho más simbólico sucedió en Concepción, 500 quilómetros al sur de Santiago. Cientos de jóvenes se concentraron en la Plaza de la Independencia, donde derribaron su estatua el mismo día, 14 de noviembre, que se conmemoraba el primer aniversario del homicidio de Camilo Catrillanca, comunero mapuche muerto a manos de Carabineros. El crimen suscitó una amplia reacción popular en 30 ciudades del país. En algunos barrios de Santiago hubo cortes de calles y caceroleos durante más de 15 días. Un año después, la mapuche es la bandera más ondeada en las protestas chilenas.

 

Trawün mapuche en Santiago

 

El último sábado de noviembre, la Coordinación de Naciones Originarias, nacida durante el estallido, convocó a un trawün (encuentro, en mapudungun), en el centro ceremonial de Lo Prado, en la periferia de la ciudad. Acudieron mapuches de diversos barrios de Santiago (Puente Alto, Ñuñoa, Pintana, entre otros), donde ya han realizado varios trawün locales. El encuentro se inicia con una ceremonia dirigida por tres longkos (autoridades comunitarias), seguida con cánticos y rezos de unas sesenta personas bajo un sol vertical. Luego de que la Pachamama les concediera permiso, se iniciaron las discusiones en dos grupos para abordar cómo deben posicionarse en los debates sobre una reforma de la Constitución.

 

Las mujeres, engalanadas con trajes tradicionales, participaron tanto o más que los varones, ataviados con vinchas azules. Rápidamente se constataron dos posiciones. Una proponía participar en las elecciones para la Convención Constituyente a celebrarse en abril . Como los partidos que firmaron el pacto denegaron la posibilidad de que los pueblos originarios tengan un distrito electoral especial, el debate se trasladó para discutir los caminos a seguir. Esta posición ha venido creciendo desde el estallido, aunque nació hace casi dos décadas, y recibe el nombre de “plurinacionalidad”. Ya que los mapuches no quieren ser elegidos en los partidos existentes, algunos participantes (varias de ellas mujeres) propusieron la formación de un partido electoral mapuche. Esta corriente de pensamiento tiene mayor arraigo en las ciudades, particularmente en Santiago, donde viven cientos de miles de mapuches. Su núcleo está en las y los universitarios que emigraron del sur y hoy están establecidos en la ciudad. Emite un discurso coherente y potente, y argumenta que hay poco tiempo para tomar este camino, ya que la convocatoria para elegir constituyentes se concreta en abril.

 

La otra corriente defiende la autodeterminación y la autonomía, posiciones tradicionales de las comunidades mapuches del sur, las más afectadas por la represión del Estado chileno, por la militarización de sus territorios y por el despojo a manos de las empresas forestales. Esas son también las comunidades que encabezan la recuperación de tierras y las que mantienen viva la llama de la nación y la identidad tradicional mapuche. Durante el trawün, una mujer de mediana edad recordaba que “ya tenemos nuestro propio gobierno y nuestro parlamento, no necesitamos de los políticos”. Y un joven vehemente se preguntaba: “¿Realmente queremos tener un escaño dentro de la política winka [blanca]?”

 

Asambleas, barrios y clases

 

El colectivo Caracol, que trabaja en educación popular en los espacios y territorios de las periferias, sostiene en sus análisis semanales que el “acuerdo de paz” firmado a las tres de la madrugada del 24 de noviembre por todo el arco político –menos el Partido Comunista– le otorgó “una sobrevida” al gobierno de Piñera (colectivo Caracol, 25-XI-19).

 

El propio nombre del pacto delata a sus inspiradores. Si se trata de paz, dice Caracol, es porque hubo una guerra, que es lo que viene diciendo Piñera desde el primer día del estallido. La convocatoria a una convención constituyente acordada en contra de una asamblea constituyente como la que defienden los movimientos impone varios filtros.

 

“Esta Convención no estará compuesta por ciudadanos ni representantes de los movimientos sociales y populares, sino por quienes designen los partidos políticos existentes”, estima Caracol. Agravio al que deben sumarse los dos tercios requeridos para que se apruebe cualquier propuesta, lo que supone un veto mayor para las propuestas de la calle. “Han demostrado que los cabildos abiertos que se han desarrollado por todo Chile no les interesan, porque no les interesa la deliberación popular”, sigue el colectivo Caracol.

 

Daniel Fauré, fundador de la organización, analizó en diálogo con Brecha que la decisión del gobierno de convocar a una constituyente se tomó cuando contempló la confluencia entre la protesta callejera y el paro nacional, la unidad de acción entre trabajadores sindicalizados, pobladores y jóvenes rebeldes. “Es el boicot a las asambleas territoriales, cabildos abiertos y trawün”, señaló.

 

Llegados a este punto, debemos recordar que la dictadura de 17 años de Augusto Pinochet se abocó a una profunda reconstrucción urbana con fines políticos. Cuando Salvador Allende llegó al gobierno, en noviembre de 1970, casi la mitad de la ciudad de Santiago estaba conformada por “campamentos”, espacios tomados y autoconstruidos por los sectores populares, que de ese modo se configuraron como sujeto político, bajo el nombre de “pobladores”, y fueron centrales en el proceso de cambios cegado por la dictadura.

 

En la actualidad, y según un mapeo de Caracol, existen en Santiago unas 110 asambleas territoriales, organizadas en dos grandes coordinaciones: la Asamblea de Asambleas Populares y Autoconvocadas, en la zona periférica, y la Coordinadora Metropolitana de Asambleas Territoriales, en la zona central.

 

Estas asambleas contrastan, y a veces compiten, con las más institucionalizadas juntas de vecinos. Aunque hubo un trabajo territorial previo importante, la mayoría de estas organizaciones se formó durante el estallido. Realizan actividades culturales recreativas, organizan debates entre vecinos, ollas comunes, asisten a los heridos y detenidos en las marchas y promueven caceroleos contra la represión. Muchos de sus integrantes participan en las infaltables barricadas nocturnas.

 

Pero al igual que en los tiempos del dictador, tampoco el Chile pospinochetista puede aceptar el activismo de los pobladores. Su clase dominante chilena no puede concebir que los “rotos” salgan de sus barrios, que hablen y ocupen espacios. Un relato de Caracol sobre un enfrentamiento ocurrido a fines de noviembre, cuando un grupo de pobladores fue a manifestarse a un shopping del sector más exclusivo de Santiago, lo dice todo: “Bastó que un grupo de personas de la clase popular se aparecieran en el patio de su templo del consumo en La Dehesa para que la clase alta saltara despavorida llamándolos a ‘volver a sus poblaciones de mierda, rotos conchadesumadre’” (colectivo Caracol, 25-XI-19).

 

Si es cierto que la revuelta de octubre de 2019 cierra el ciclo iniciado el 11 de setiembre de 1973 con el golpe de Estado de Pinochet, también debe ser cierto que se abre un nuevo ciclo, del que aún no sabemos sus características principales. Por lo que se puede ver en las calles de Santiago, este ciclo tendrá dos protagonistas centrales: el Estado policial –brazo armado de las clases dominantes– y los sectores populares, afincados en sus poblaciones y en el Wall Mapu o territorio mapuche. El pulso entre ambos configurará el futuro de Chile.


 

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9 diciembre 2019 1 09 /12 /diciembre /2019 08:49

 

Evo Morales, su caída y los mitos de Occidente

Pedro Portugal Mollinedo*
Periódico PUKARA Nº 160  
Diciembre 2019 La Paz

http://periodicopukara.com/

 

Consideraciones sobre las miradas exógenas al contexto político boliviano:

 

Los acontecimientos recientes en Bolivia han merecido análisis y comentarios en la prensa y redes sociales internacionales, con calificaciones y previsiones mucho más tajantes y alarmistas que las que se pueden leer en la misma Bolivia.

 

 Esto se debe, en gran parte, a que el desposeído del poder en este país, Evo Morales, es un indígena. Se ha construido un mito en el mundo occidental sobre el indígena que contradice los anteriores que en esta misma parte del mundo se construyeron antes. Todo mito social tiene funcionalidad económica y política Cuando el mito procede del colonizador (o del neocolonizador), seguramente su implementación tiene relación con el mantenimiento de un domino y no con la liberación de los así identificados.

 

 Europa y sus retransmisores en nuestros países utilizaron varios mitos en su histórica relación con los llamados indios de América. Primero eran salvajes, paganos, incivilizados; luego retrasados, cerriles; finamente, en vías de desarrollo con particularidades locales. Actualmente los mitos son más halagadores, pero no menos perniciosos. En Occidente hay una moda de elogiar al primitivo como portador de verdades que el vil occidental no puede percibir y que se expresarían en una cosmovisión en la que lo humano se subordina a lo natural, lo que haría del indio un ser respetuoso del medio ambiente y de la convivialidad, incluso con los más míseros bichos de la Madre naturaleza.

 

Esos mitos sirven solamente para resolver ilusamente un complejo de culpa occidental y condicionan una aproximación errada de la realidad social y política en esa parte del mundo, pues necesariamente tienen que refugiarse en la metafísica y obvian analizar los problemas históricos y sociales contemporáneos.

 

 La invasión europea a partir de 1492 ha originado la colonización, entendida no como asunto de saberes y alteridades, sino como el más terrenal usurpamiento del poder político.

 

A partir de entonces los indígenas fueron enajenados del poder político y de toda influencia efectiva en la conducción de sus propios asuntos. Esa es la realidad de la colonización y por ello la descolonización histórica fue la autodeterminación y el acceso a la independencia de los antes colonizados.

 

Por razones que detallarlas excede el objeto de esta nota, en América no se pudo efectivizar ese tipo de descolonización histórica. En lo que actualmente es Bolivia el intento más claro de esa alternativa fue –seguramente– la guerra de Tupak Katari, en 1781. Razón por la cual ese movimiento y particularmente la figura de su líder siguen siendo emblemáticos en nuestro país.

 

En América se dio más bien lo que se conoce como las “guerras de independencia”, que crearon los actuales estados en el continente e impusieron el modelo republicano bajo la hegemonía de los criollos, los hijos de los españoles y, más subordinadamente, de los mestizos. En ese nuevo modelo no logró la formación de una nueva identidad nacional integrando al indígena, sino que reprodujo la segregación colonial española, a veces agravándola.

 

El criollo empoderado instauró una sociedad racializada (si entendemos al racismo como la creencia de diferencias biológicas esenciales entre los seres humanos, la racialización es la construcción de roles sociales a partir de ese prejuicio). La institucionalidad estatal y el poder político estuvieron así fundamentados en la interiorización indígena, su ubicación en el último escaño de una sociedad de castas, antes que de clases, y la utilización de ideologías para justificar y reproducir esa injusticia.

 

A nivel de justificación ideológica el criollo utilizó todas las ideologías procedentes de Occidente, a veces desnaturalizándolas según sus intereses. Sucedió con el cristianismo, la ilustración y el liberalismo, el socialismo y actualmente el culturismo posmoderno.

 

En todos los países del continente la ideología dominante en la academia es el culturalismo posmoderno y todas las aplicaciones estatales hacia lo indígena se hacen en esa inspiración, que es, además la de las agencias de cooperación internacional.

 

Lo particular de Bolivia es que esa generalidad fue asumida por un presidente indígena, lo que llevó a muchos ingenuos a creer que se trataba de la aplicación de políticas indígenas a través de un verdadero gobierno indígena. De ahí la confusión en el análisis de lo que sucede en la actualidad en Bolivia y que descarrilla a la casi totalidad de comentadores extranjeros. Ese error genera desvaríos en el análisis de lo que sucede en este país. Voy a tomar, solo como muestra, lo expresado por Thierry Meyssan en su nota “La Bolivie, laboratoire d’une nouvelle stratégie de déstabilisation” (1)

 

Ese autor cree que (“El nombramiento de un nuevo gobierno sin indígenas llevó a los indios a salir a la calle en lugar de los matones que perseguían al gobierno de Morales”)

 

El nuevo gobierno sería solo de “blancos” y el indio los estuviese combatiendo en las calles. Cualquier curioso que ingrese a algún medio de comunicación sabe, por el contrario, que el actual gobierno ha incluido a indígenas en su gabinete, aun cuando sea en responsabilidades nada estratégicas, y que ha tenido la habilidad de concertar con las organizaciones sociales –COB, CSUTCB, Pacto de Unidad, Interculturales, Ponchos Rojos…– que antes se creían exclusivas y aliadas a muerte del gobierno de Evo Morales (2)

 

 Por otro lado, es la bancada de senadores y diputados del MAS –ahora predominantemente indígena, pues los criollos empoderados sobre ellos y que eran quienes realmente gobernaban Bolivia están en fuga, refugiados en embajadas o gozando ya las delicias del exilio dorado– la que finalmente aceptó nuevas elecciones, ¡sin la participación en ellas de Evo Morales y Álvaro García Linera!

Esto era previsible, pues en los 14 años de gobierno de Evo Morales la relación del Estado con los indígenas fue siempre clientelar. No hubo descolonización política, funcional, estructural. Es, por tanto, que los mismos mecanismos de sumisión se manifiesten con cualquier otro nuevo gobierno.

 

Peor aún, al ser los modelos del culturalismo posmoderno de inspiración liberal capitalista, es previsible que en ese esquema el actual gobierno tenga más éxito que el anterior en su aplicación. De ser así, de la misma manera que esa política significó una impostura y el posterior abandono indígena a Evo Morales, representará también el caos para cualquier otro que lo implemente y no entienda la descolonización en sus términos económicos, sociales y políticos, y no como idealización del pasado, supuesta autonomía sobre territorios reducidos y no de participación decisoria plena en el conjunto del país y en términos sincrónicos. No hay tampoco la “violence inter-ethniques” que Thierry Meyssan parece desear antes que constatar.

 

Es cierto que la oposición a Morales surgió primero en medio de la clase media y que gran parte de esta tiene añoranzas de tiempos pasados, en los que se expresaba el racismo sin tapujos. Hubo expresiones de ese tipo, sin duda, pero no se manifestaron entonces en ningún tipo de enfrentamiento interétnico… ello vino después y por razones ajenas a la sola defensa (o ataque) a Evo Morales. La primera etapa de arremetida contra Morales surgió en la clase media, que se manifestó en movilizaciones y bloqueos urbanos.

 

Mientras las zonas residenciales y el centro de La Paz se hallaban convulsionados, en los barrios populares y particularmente en la colindante ciudad de El Alto la vida cotidiana se desarrollaba normalmente, pese al llamado de Morales para que se movilicen y lo defiendan.

 

Finalmente, hubo cabildos en el Alto y movilizaciones populares en La Paz en apoyo a Morales, que generó enfrentamientos, algunos violentos, con los movilizados de la clase media, pero fueron sin contundencia y nada decisorios, pues los acontecimientos concluyeron en la renuncia de Evo Morales.

 

Después del abandono de Morales a sus partidarios, al salir al exilio que le ofreció México, y dejar mal plantados a sus ministros (algunos hablaban –y seguro se organizaban– para hacer de Bolivia otro Vietnam) recién se manifestó la ira en El Alto y en las comunidades indígenas, pero fue porque en la fiebre de su victoria, los ganadores empezaron a vilipendiar e insultar a la Whipala, la bandera de los indígenas. Así, se dio la situación contraria. Mientras La Paz y particularmente sus zonas residenciales se hallaban ya quietas, la furia se desencadenaba en el campo, las zonas populares y especialmente El Alto.

 

El nuevo gobierno reaccionó con violencia, provocando muertos y heridos, justificados o pasados en silencio por quienes vieron en ello acabar con los resabios del masismo y del anterior régimen, o distorsionados en su análisis por quienes veían póstumas pero heroicas defensas de Evo Morales.

 

En realidad, es la emergencia de una nueva realidad y de una conciencia que empieza a tomar forma, organizada bajo los gritos de guerra: “Ahora sí: Guerra civil” y “A la Whipala se la respeta, carajo” y que en el futuro solo puede tener desenlace político: Es el surgimiento de lo que será la verdadera descolonización y que no puede ser sino dar satisfacción a la exigencia de empoderamiento real en la vida política boliviana.

 

Este empoderamiento no será –en mi opinión– la satisfacción de una supuesta revancha étnica. Puede ser más bien la oportunidad de crear una verdadera nación. La historia nos ha mostrado –salvo en la experiencia latinoamericana– que las naciones no son fatalidades étnicas, sino creaciones políticas, que al ser acertadas originan nuevas realidades que trascienden a sus creadores. Pero para ello se necesita inspiración, vitalidad y hegemonía, y los últimos acontecimientos nos muestran que ello, en Bolivia, puede provenir del pueblo aymara.

 

Para que ello sea posible, hay que desembarazarse de mitos inmovilizadores creados por los criollos y enfocar la realidad. Y si son necesarios mitos, estos tienen que provenir de los colonizados pues así empieza la descolonización, y por ello no se perennizan, y son solo pasaje para poder vivir, administrar y actuar sobre la realidad contemporánea, nacional e internacional.

 

Uno de esos mitos es la naturaleza indígena de Evo Morales y de su gobierno.

 

Felizmente, en Bolivia se es crítico en ese aspecto, en especial en medio de la clase media que le idolatró en sus inicios (3), lo que al parecer no sucede aún en el extranjero…

 

Allí no se lo baja del Olimpo Andino y más bien se busca resucitar y poner como factores de poder elementos que tuvieron algún papel hace diez años o más y que ahora parecen ridículos o por lo menos irrelevantes, como el rol de los Oustachis en Bolivia, en los que se empeña Thierry Meyssan en su nota que evocamos.

 

1. https://www.voltairenet. org/article208390.html

2. https://www.opinion.com. bo/articulo/pais/consen - suan-ley-pacificacion-acuerdan-modi ficar-decreto-4078 /20191124032641738208. html

3. https://www.paginasiete. bo/opinion/2019/11/28/porque-cayo-evo-238729.html

* Pedro Portugal Molllinedo es Boliviano de origen aymara, de formación historiador, autor de varios escritos sobre la realidad indígena y actual director del periódico digital Pukara.

http://periodicopukara.com/

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