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23 febrero 2015 1 23 /02 /febrero /2015 00:42

 



(texto para el diálogo y el debate)

La crisis política derivada de la muerte y desaparición forzada de 49 personas (la mayoría estudiantes de la normal de Ayotzinapa), en la noche del 26 de septiembre de 2014 en la localidad de Iguala, Guerrero, ha puesto sobre la mesa el análisis de las opciones que como anticapitalistas tenemos en la lucha por la construcción de un mundo, y particularmente un México, donde impere la justicia y la libertad. Qué hacer en una situación de extrema polarización y crisis social es una pregunta que está presente en la cabeza de muchos mexicanos y de muchos internacionalistas solidarios con nuestro país. En esa preocupación, muchas son las voces que proponen esto o lo otro pero ciertamente no parece haber una claridad teórica, y un consenso, sobre lo que se requiere, lo qué hay que hacer y quiénes lo tienen qué hacer, al menos no por parte de la mayoría de la población. En este texto pretendemos sumarnos a esas voces, a partir de la identificación de algunas opciones estratégicas que tenemos para impulsar una revolución y un cambio social en México. Esta reflexión se enmarcará en el contexto de una reflexión más general sobre los 21 años del levantamiento zapatista de 1994.

El análisis a continuación está motivado por la lectura del libro “Análisis de la Revolución”escrito por Peter Calvert y publicado en 1974, sin embargo no pretendemos realizar una reseña o una crítica a dicho libro, cuestión que va más allá del propósito antes expuesto. En todo caso, recomendamos ampliamente su lectura, y el uso crítico del modelo propuesto por el autor, en el cual nos basamos para sustentar nuestras siguientes reflexiones.

Es común escuchar, leer e incluso pensar, que México necesita un cambio, un cambio social. El problema está en definir el rumbo de ese cambio. En el amplio espectro político que tiene presencia en el país encontramos todo tipo de (in)posturas políticas: izquierdistas, autonomistas, conservadoras, reaccionarias, religiosas, antitecnoindustriales etc., cada una de las cuales pretende tener la verdad, o al menos la razón, sobre la dirección que debe tomar el cambio social en México. No vamos aquí analizar cada una de ellas, en primer lugar porque podría ser largo y tal vez ocioso, y en segundo lugar, porque estamos claros que el cambio social que necesita México tiene que ser anticapitalista y libertario, lo que significa tomar un camino colectivista, soberano, autónomo, solidario, de apoyo y autogestión, en pos de la construcción de una sociedad en la que impere la justicia y la libertad.

Definir el concepto de revolución implica las mismas consideraciones que para definir el rumbo de un pretendido cambio social, es decir, sería erróneo considerar que toda revolución política se orienta por definición hacia la “izquierda”, más aun cuando históricamente está registrado la realización de revoluciones políticas de corte religioso, conservador, liberal o de derecha, por todo el mundo y desde hace varios siglos. Para fines analíticos y comparativos Peter Calvert propone utilizar la definición del Diccionario inglés de Oxford el cual afirma que la revolución es “un derrocamiento completo del gobierno establecido de cualquier país o Estado, por quienes antes habían estado sujetos a él; su sustitución forzosa por un nuevo gobernante o por otra forma de gobierno” (Calvert, 1974:19). Una definición que por neutra es susceptible de utilizarse para el análisis de toda revolución política, sea liberal o conservadora, capitalista, socialista o anticapitalista. Derivado de lo anterior, como podrá suponerse, cambio social y revolución no son lo mismo. Una revolución política no implica necesariamente un cambio social e incluso podría ser insuficiente para realizar el mismo, al tiempo que no todo cambio social implica una revolución política, entendida como la toma del poder del Estado como lo afirma el Diccionario de Oxford. Luego entonces, cambiar al mundo sin tomar el poder, como afirma Jhon Holloway, es completamente posible, probable y necesario, mientras que una revolución permanente podría imaginarse más como una situación de guerra civil que como una transformación constante.

La distribución desigual del placer y del dolor, de la riqueza y el trabajo, sumada a la rapaz explotación, la brutal represión, el injustificado despojo y el permanente racismo y desprecio por el otro, han causado a lo largo de varios siglos, una situación insostenible de pobreza y marginación, de injusticia y sufrimiento. Modificar esa situación depende, no (sólo) de un cambio social, sino (sobre todo) de una revolución política, porque es desde la política donde se define sobre la economía y el proyecto social. Dado lo anterior, consideramos que actualmente en México hace falta forzar una revolución política que impulse y consolide el cambio social que viene operándose desde hace algunos años, muchos años; el cual por otro lado, también hace falta ampliar y profundizar. Examinemos detenidamente esta consideración.

Peter Calvert identifica cinco formas de transición revolucionaria que repetidamente se presentaron en 364 hechos revolucionarios, entre 1901 y 1960 a saber:

- La revolución deriva en la sucesión de un gobierno no elegido previamente por los grupos de poder.

- El ataque contra el gobierno existente se realiza permitiendo que la maquinaria de la sucesión constitucional opere y que el funcionario constitucionalmente designado asuma las funciones ejecutivas.

- El gobierno de transición se elige dependiendo la correlación de fuerzas entre los grupos en pugna, por lo que el sucesor podría no ser quien dicta la ley

- Se instala una junta militar o civil para permitir la operación de la maquinaria constitucional del estado

- Se establece una convención o asamblea constituyente con el fin de reorganizar toda la estructura del estado y del gobierno.

Como podrá notarse y como el propio Calvert lo señala, de estas cinco formas sólo la última tiene profundidad radical pues a diferencia de las otras cuatro se pretende una ruptura completa con el sistema político imperante y no su continuidad. Detallemos a continuación algunos elementos de estas cinco formas de transición revolucionaria, puesto que plantean opciones interesantes que hay que poner sobre la mesa para ser tomadas en cuenta en la situación actual. En la medida de lo posible brindaremos algunos ejemplos al respecto.

Las revoluciones contra el ejecutivo, aquellas que permiten las tres primeras transiciones, son las más comunes y las más fáciles de implementar afirma Calvert, pues tan sólo se requiere un mínimo de fuerza… para asesinar, secuestrar u obligar a dimitir al jefe del ejecutivo o líder del gobierno. El éxito de una operación de este tipo requiere precisión, rapidez y oportunidad. El problema de las revoluciones contra el ejecutivo, continúa el autor, es que el estado moderno, altamente desarrollado e institucionalizado, facilita el remplazo de cualquier individuo sin provocar mayores trastornos al estado, aunque puedan existir posibilidades de que se realicen algunos cambios en el gobierno. Los asesinatos de Francisco I. Madero, de Venustiano Carranza, de Álvaro Obregón, son ejemplos en los que el asesinato de los jefes del ejecutivo da lugar a revoluciones políticas.

Una segunda acción revolucionaria para forzar la sucesión gubernamental es realizar acciones contra el gobierno en su conjunto y no sólo contra el ejecutivo, es decir, contra los principales encargados de las decisiones en el gobierno, los ministros, los consejeros, los diputados, los senadores, etc. Aquí el objetivo no es el asesinato de los funcionarios gubernamentales sino sólo su inmovilización temporal, el principal problema sin embargo radica en la dificultad para ingresar a los espacios vitales de los funcionarios, la coordinación milimétrica de la acción, así como mantener la retención durante un tiempo crítico. El asalto realizado por un comando del FSLN en agosto de 1978 al Palacio Nacional de Managua en demanda de la libertad de sus presos políticos, es considerada una operación decisiva para el derrocamiento de la dictadura de Anastasio Somoza un año después, en julio de 1979. Recordamos también al respecto, la toma en Perú de la embajada japonesa por guerrilleros del MRTA en 1996, por más de tres meses y en demanda de la liberación de sus más de 400 presos políticos, que finalmente se saldaría con la muerte de los 14 guerrilleros y de un rehén. Es decir, el objetivo político tras la retención de funcionarios gubernamentales, de acuerdo a las condiciones, bien podría ser para obtener la renuncia del gobierno pero también la obtención de otros objetivos que sean factiblemente más alcanzables, lo cual no garantiza su consecución.

Una tercera acción revolucionaria es aquella encaminada a lograr el control de la ciudad capital, como paso preliminar para el derrocamiento del gobierno. El éxito de una operación de este tipo es la sorpresa, la rapidez, la fuerza, sin embargo, no necesariamente ha de constituirse como una acción militar pues la efectividad de la revolución metropolitana, escribe Calvert, es poder agrupar una gran mayoría (colonos, obreros, estudiantes) que en un tiempo crítico logre derrocar al gobierno en turno. Tras la toma de la ciudad capital es posible que pueda instalarse una junta civil o militar que opere temporalmente mientras se nombra un gobierno sucesor, o que un sucesor predeterminado sea designado como gobierno. Ejemplo, La revolución de Egipto en 2011.

La reflexión sobre el significado de la toma de la ciudad capital como paso para el derrocamiento del gobierno nos ha llevado a develar una estrategia por demás interesante que se aplicado en México desde hace algunos años. La segunda mitad del siglo XX tuvo dos momentos cúlmenes en el proceso de democratización (burguesa) de la sociedad y el estado mexicano. En primer lugar, 1968, año en que por todo el país miles de estudiantes se levantaron contra el autoritarismo estatal apoyados por amplios sectores populares y que devino, por un lado, en la masacre de octubre en Tlatelolco, y en general en la represión de la juventud rebelde en todo el país, pero particularmente en la ciudad de México, y por otro lado, en la formación de una izquierda institucional que pronto pasó a formar parte del sistema político, es decir, del sistema de opresión del pueblo trabajador mexicano. En este sentido, un segundo momento dentro de ese proceso es 1997, año en que el ex militante del PRI e hijo del Gral. Lázaro Cárdenas, perdedor en las elecciones de 1988 y 1994, logró obtener un triunfo contundente en las elecciones para la gubernatura de la ciudad de México. Este segundo momento es importante por al menos dos razones, en primera porque la toma electoral por parte del PRD de la ciudad de México, a partir de 1997, fue percibida como punto de apoyo para ganar la presidencia del país, una estrategia que ha resultado fallida tanto para al propio Cárdenas, como para AMLO, e incluso para Ebrard, quien por sus corruptelas ha dejado de figurar temporalmente como probable candidato. Cuáles son los errores en esa estrategia, habría que examinarlo con detenimiento. Por ahora nos limitamos a señalar la importancia de una investigación al respecto.

Ahora bien, por otro lado, es relevante hacer notar que en la 1ª  Declaración de la Selva Lacandona claramente se asienta en el punto primero que la orden a las fuerzas militares del Ejército Zapatista de Liberación Nacional por parte de su comandancia era precisamente “avanzar hacia la capital del país venciendo al ejército federal mexicano“. El derribo de dos torres de alta tensión en Puebla y Michoacán por fuerzas zapatistas la noche del 6 de enero llevaba el objetivo de preparar la toma de la ciudad. En ese sentido habría que considerar cuatro cuestiones: uno, el EZLN cuenta con fuerzas militares fuera de Chiapas (ver 2ª  Declaración de la Selva Lacandona); dos, la toma de la ciudad de México era el objetivo principal de la insurrección zapatista, para lo cual había un plan y fuerzas militares dispuestas; tres, el estallamiento de coches bomba en la ciudad de México, y otros atentados similares en distintas partes del país por parte de unidades ligadas a otros grupos guerrilleros con los cuales no existía coordinación fueron las únicas manifestaciones militares de apoyo a la insurrección zapatista. Esas acciones fueron más bien simbólicas pues sus consecuencias fueron limitadas; y cuatro, la insurrección zapatista dio pie a la formación de una fuerza política civil en la ciudad capital, llamada desde entonces como sociedad civil, que había tenido apariciones durante el terremoto de 1985 y en 1988, y que fue aprovechada por el PRD para la toma electoral de la Ciudad de México. Sobra decir que el gobierno instaurado por ese partido ha derivado en corrupción, clientelismo, represión, espionaje político, descrédito y hartazgo por parte de una población, que como se ha demostrado en las últimas movilizaciones, más que perder ha ganado en conciencia política, en organización y en deseos de liberación y cambio, lo que difícilmente asegura un nuevo triunfo electoral para el PRD o incluso para MORENA, en la ciudad de México para las próximas elecciones.

Un cuarto nivel de acción revolucionaria, señala Calvert, es la revolución que llega de la provincia. Su característica principal no reside en la rapidez ni en la fuerza sino “en el atractivo que ejerza sobre el público” de tal manera que en un tiempo suficiente pueda lograr suficientes partidarios “que le den una superioridad general sobre las fuerzas del gobierno” tanto a nivel militar como en el nivel civil, lo que generalmente traería consigo cambios políticos en gran escala lo cual favorece, afirma Calvert, el establecimiento de gobiernos interinos o de una asamblea constituyente como paso preliminar de un cambio social profundo. Entre los problemas que presenta la revolución provincial, tomando en cuenta que en la historia hay más fracasos que éxitos, están los muchos preparativos que con el suficiente sigilo tienen que realizarse, además de contar con gran capacidad discursiva para entrar al juego de poder abiertamente y mantener el atractivo para la población, dado que el objetivo principal de un levantamiento provincial es “crear una base para ejercer presión a fin de lograr el derrocamiento del gobierno“.

Hay muchos factores enumerados por Calvert que hay que tomar en cuenta para el análisis de las distintas formas de acción revolucionaria que precisarían de una discusión más profunda y que no vamos hacer aquí, sin embargo es importante mencionarlos, a saber: la cuantificación de las fuerzas militares de las que se dispone; las iniciativas sociales de propaganda y presión contra el gobierno; la intrusión extranjera y la reacción de los grupos de poder o fuerza de contraataque; elementos que deben tomarse en cuenta para la preparación de toda acción revolucionaria y que requieren un “Mínimo de Fuerza Necesaria(MFN)” para derrocar un gobierno en determinadas circunstancias. En este sentido, considera Calvert, es posible que “en algunas sociedades y en algunas circunstancias, esa cantidad de MFN sea tan grande que quede fuera del alcance de todo grupo antigubernamental“. Lo que debe quedarnos claro, en todo caso, es que la MFN que se requiere para asesinar al presidente es considerablemente mucho menor que la que se requiere para emprender una revolución provincial lo que proporcionalmente está en relación con la profundidad y radicalidad con que una revolución puede actuar sobre un país, un estado o un sistema político.

Regresemos nuevamente al análisis de la insurrección zapatista iniciada en 1994 para referirnos al cuarto nivel de acción revolucionaria propuesto por Calvert. En junio de 1994 el Subcomandante Marcos comentó que si la insurrección zapatista había sorprendido a todos, el 12 de enero los sorprendidos habían sido ellos pues no esperaban que una gran movilización se levantara para demandar el cese de hostilidades. En una entrevista inédita al Sup de junio de 1994, dada a conocer a principios de 2014 por Gloria Muñoz de Desinformémonos, Marcos hace un balance de dos meses de guerra. Son muchas las aseveraciones de Marcos que habría que valorar, sin embargo, para los propósitos de este ensayo queremos resaltar dos. En primer lugar, el Sup afirma que ellos habían calculado que había descontento en el país y que su insurrección iba a atraer simpatías, pero que nunca pensaron que se iba a levantar una movilización como la que se dio a partir del 12 de enero. Siguiendo este razonamiento, en segundo lugar, Marcos expresa que la insurrección zapatista tuvo un éxito estratégico pues sobrevivió a pesar de las posibilidades militares limitadas e incluso adversas con las que se levantaron, pero sobre todo porque se habían obtenido posibilidades políticas gigantescas, incluso envidiables para cualquier otro movimiento. Con un estilo discursivo por demás atractivo, el EZLN tuvo en ese momento y sigue teniendo, una enorme capacidad discursiva para entrar al juego del poder, es decir, para restregar en la cara de la oligarquía una verdad histórica incuestionable: la necesidad para todo el pueblo (trabajador) mexicano de trabajo, tierra, techo, alimentación, salud, educación, independencia, libertad, democracia, justicia y paz.

En la entrevista antes mencionada Marcos habla de que le apostaban a “brincar etapas” hasta colocarse como interlocutores de la sociedad para así impulsar la lucha por democracia, libertad y justicia. No sabemos a qué etapas de cuál manual revolucionario se haya referido Marcos. Lo que si nos damos cuenta hoy -luego de 21 años y sobre todo después de haber leído a Calvert, es que la insurrección zapatista de 1994 muy bien podría considerarse lo que llaman una “jugada de pizarrón”, es decir, que siguió ciertos pasos históricamente repetidos en distintos intentos revolucionarios, uno de los cuales, además del de ser una revolución provincial que busca la toma de la ciudad capital, sería precisamente el de convocar a una Convención Nacional, en este caso denominada Democrática, evocando la Soberana Convención Revolucionaria realizada en Aguascalientes en 1914. El junio de 1994 el EZLN dio a conocer la Segunda Declaración de la Selva Lacandona, en ella manifestaba distintas razones para convocar a una Convención Nacional Democrática, Soberana y Revolucionaria a partir de la cual surgieran propuestas para impulsar un gobierno de transición, un nuevo constituyente y una nueva constitución.

Con la asistencia de decenas de delegados de distintas organizaciones con presencia en todo el país, así como con la presencia de intelectuales reconocidos, la Convención resolvió que todas las organizaciones se subordinarían a la misma, cosa que solo el EZLN hizo. Otra de las resoluciones fue que se iba a dar oportunidad de que se realizaran las elecciones como medio para alcanzar una transferencia de poder, incluso en territorio zapatista, sin embargo el EZLN, de manera consecuente, se negó tanto a hacer proselitismo por Cárdenas como a promover el voto alegando que eran un ejército rebelde y que se habían conformado como tal precisamente por no creer en las elecciones. El EZLN también denunció que habían recibido muchos chantajes, amenazas y presiones por parte de la dirigencia del PRD, uno de los sectores con mayor importancia política que participó en la Convención. Esta misma dirigencia, hoy tan repudiada, bloqueó la propuesta zapatista de preparar un plan de insurrección civil en defensa del voto. Luego del fraude electoral, como ha sido cantaleta desde entonces, el PRD responsabilizó al EZLN de su derrota electoral, exigiendo que la Convención llamara a la defensa del voto, cuando no había sido resolutivo, precisamente porque la dirigencia del PRD se había negado a ello, confiados en que ganarían o por haber negociado con el gobierno. En este sentido, no nos cabe duda que el fracaso de la Convención, pese a los buenos oficios del EZLN que pugnaba porque ese espacio confluyeran gente sin partido, campesinos, obreros, amas de casa, se debió a los vicios de los partidos y las organizaciones que pretendieron decidir por la Convención sin la participación de los convencionistas, presionando además al EZLN para que impusiera a la Convención decisiones que no se habían tomado, a lo cual se negaron los zapatistas. Tras varios meses de lucha política interna, la Convención naufragó. Es posible también que su fracaso se haya debido al corto tiempo entre la emisión del llamado a la Convención (junio 1994), la Convención (10 y 11 de agosto) y la realización de las elecciones (21 de agosto). Sea como fuere, sería interesante realizar una valoración y una reflexión más profunda sobre la CND, en vistas de que nuevamente pudiera convocarse a una.
Posibilidades a futuro

En vista de las reflexiones anteriores y de la situación límite en la que nos encontramos hoy queremos evaluar distintas posibilidades sobre el presente y el futuro, tanto para impulsar una revolución política como para impulsar un cambio social en México.

Para iniciar esta segunda parte del ensayo seguiremos retomando a Peter Calvert. En la mayoría de revoluciones, escribe dicho autor, el gobierno que “ha sido derrocado conocía de antemano muy bien la existencia del movimiento que iba a destruirlo”; sorprendentemente, continua Calvert, en todos esos casos las acciones tomadas por el gobierno para impedir o contrarrestar el movimiento revolucionario fueron débiles, ineficaces e incluso suicidas, lo que significa que en gran medida si el movimiento no triunfó se debió a los errores e incapacidades del propio movimiento revolucionario.

El ataque premeditado contra los estudiantes normalistas por parte de la policía federal, el ejército, los municipales y el cartel de los Guerreros Unidos, todos ellos grupos criminales al servicio del estado, los caciques y la oligarquía, fue, y no cabe la menor duda, una operación de guerra sucia puesta en marcha con el propósito de desalentar un próximo levantamiento armado ¿en Guerrero? ¿del ERPI? ¿de la Coordinación Revolucionaria Libertad? En entrevista con pobladores de Chilacachapa, Laura Castellanos recogió la versión de que gente de Guerreros Unidos los obligó a apoyar a policías locales quienes les dijeron que eran “atacados” por estudiantes que “iban a hacer una revolución”. No es que los normalistas fueran a levantarse esa noche, de hecho ellos mismos aseguran que sólo pretendían tomar autobuses para asistir a la marcha del 2 de octubre en la ciudad de México. Sin embargo, si hemos de creer lo afirmado por Calvert, el gobierno ha estado al tanto, desde hace algún tiempo, de que grupos guerrilleros avanzan en la planeación de un levantamiento armado para derrocar al gobierno de Peña Nieto, sobre todo porque desde 2010 cuentan con los miles de dólares que el Jefe Diego donó a la causa revolucionaria, dinero que suponemos, esperamos, confiamos, está siendo utilizado para la organización de la resistencia y la revolución. Más aun, es posible que el sucio ataque contra los normalistas de Ayotzinapa sea, como todos deseamos, el principio del fin de la dictadura priísta. Parafraseando a Calvert podríamos afirmar que la agresión contra los normalistas fue un acto suicida, ineficaz y estúpido, por parte del gobierno de Peña Nieto.

Desde el 2006 México vive en guerra civil. En la lógica de la guerra, asestar derrotas morales al oponente mediante acciones de guerra sucia, como en Ayotzinapa, no son la excepción sino la constante. En 15 años ha habido decenas de masacres, pequeñas y grandes. La guerra sucia es una estrategia para arreciar el despojo, la represión, el desprecio y la explotación. Derrocar al gobierno no es algo que se antoje imposible, sin embargo hace falta aclarar si efectivamente ello es el medio o el fin.

Una de las consignas que constantemente se ha escuchado en algunas de las 45 marchas que se han realizado para exigir la presentación vida de los normalistas desaparecidos es aquella de que exige la renuncia de Peña Nieto. Distintos grupos, algunos ligados a MORENA, comenzaron a difundir que la solución era la renuncia del presidente. Aunque es una consigna que ha ido cayendo en desuso, no sabemos exactamente porqué, tal vez porque es expresión de una especie de golpismo twitero, es interesante reflexionar sobre dicha posibilidad.

De acuerdo a lo planteado por Calvert el derrocamiento de Peña, aunque con variantes, sólo podría darse mediante su asesinato (que de ninguna manera sería lo más deseable aunque es una constante en la historia de México) o su secuestro, y en el mejor de los casos, que fuese obligado a dimitir por la fuerza de una insurrección civil o militar. No nos vamos a detener en especulaciones sobre cuál sería la mejor forma de derrocar al gobierno. Lo importante en todo caso es prever qué sucedería, y lo que sucedería, ya lo ha escrito Calvert, es que se pondría en marcha la maquinaria de sucesión constitucional, lo cual podría resultar radical si el nuevo gobierno convocara a una asamblea constituyente como hicieron Evo Morales y Hugo Chávez, lo que de ninguna manera creemos que harían AMLO, Cárdenas, Ebrard o cualquier otro líder de la podrida, corrupta y clientelar izquierda institucional, y posiblemente ni siquiera los ultras que siguen soñando con imponer la dictadura del proletariado.

En comunicado del 16 de diciembre pasado el Subcomandante Moisés -aunque nos queda claro que el Sub Moisés dicta y el Sub Galeano corrige el estilo- propuso seis actos de la renuncia de Peña Nieto. Lo reproducimos para argumentar la falsa salida que la renuncia del presidente significaría, al menos para el movimiento social anticapitalista:
1.- [El PRD] un partido en crisis terminal. Cárdenas renuncia al partido: “seguiré como un ciudadano más”, declara.
2.- Ante la crisis de la política partidaria, empieza a ser alentada la “opción ciudadana”. En la prensa y círculos progres se empieza a hablar del surgimiento del “Cardenismo social”.
3.- Crece el movimiento y se emplaza a todos a la unidad incondicional en torno al “ciudadano” Cárdenas.
4.- López Obrador se niega
5.- Nuevo fraude electoral. Una gran concentración en el zócalo capitalino. Entre los manifestantes se pueden apreciar algunas cartulinas que reproducen las últimas caricaturas de los moneros progres: “Los de Ayotzinapa son un invento de Salinas” es el común denominador. En su turno en el templete, Elena Poniatowska menciona a López Obrador. Gran abucheo y silbidos de las masas. Al otro día Elena aclara que mencionó a López Obrador sin malicia y que, en lo personal, le tiene gran aprecio.
6.- Después del plantón de rigor, Cárdenas anuncia que hay que seguir en la lucha… creando un nuevo partido para contender en las próximas elecciones. No, si gana, ya no irían Epigmenio Ibarra a comunicación social, ni el tonto del desfiladero a vocero presidencial. ¿O sí? Gulp.

Desde la Convención de agosto de 1994 el EZLN le retiró su confianza al PRD. Sin embargo mantuvo su respeto y confianza en Cárdenas por más tiempo, tan es así que en la 3ª Declaración de la Selva Lacandona (1996) lo llamó a encabezar un Movimiento de Liberación Nacional, evocando aquel que había encabezado el Gral. Lázaro Cárdenas, veinte o treinta años antes. Al declinar Cárdenas la invitación a dirigir el MLN, el movimiento ni siquiera se conformó. Apostar a Cárdenas ha sido sin duda uno de los grandes errores del EZLN, un error que no se perdonan a sí mismos pues no pierden la oportunidad de burlarse del “ciudadano” Cárdenas. Y es que quién no recuerda ese memorable mitin en el zócalo después de las elecciones de 1988 cuando todos gritábamos a Cárdenas que llamara a la revuelta y no lo hizo; quién no recuerda la frustración sentida tras el fraude de 1994 y el llamado de Cárdenas a aceptar la derrota y a esperar otros seis años. Ni siquiera pensar en López Obrador como opción para encabezar un gobierno de transición. Es un pendejo, nos comenta gente de Guerrero, está poniendo a puro corrupto en las dirigencias de MORENA y no escucha las advertencias. Eso le pasó con el presidente de Iguala, con el presidente de Acapulco y con el destapado que MORENA pensaba nombrar como candidato para las próximas elecciones en Guerrero, todos una bola de corruptos, delincuentes y narcotraficantes. Una vez que Peña hubiese caído y la maquinaria de sucesión constitucional se hubiese activado, sería iluso pensar que la oligarquía va permitir -al menos no si no se tiene la MFN basada en alianzas políticas incluso con la derecha nacionalista, ahí está el caso de Syriza en Grecia- un gobierno de transición de tendencias radicales o incluso medianamente moderadas, sin hacer uso del aparato militar.

Dado lo anterior y a menos que a alguien se le ocurra una estrategia innovadora, fuera de toda experiencia histórica anterior -lo que ciertamente no es imposible, ahí está la experiencia zapatista-, la opción que tenemos es nuevamente intentar una insurrección desde las periferias hacia los centros nodales del poder para derrocar al gobierno y desde el centro hacia las periferias para romper el cerco militar, así como la organización de una nueva Convención Revolucionaria, para así garantizar la ruptura con el sistema político actual. Analicemos esta posibilidad.

La acumulación de descontento como síntoma de la profunda descomposición del régimen y de la crisis económica y social que vive México desde hace varios sexenios no había tomado cauce tan multitudinario y tan rabioso como en las protestas por la desaparición forzada de los 43 normalistas. La manifestación de ese descontento, indignación y rabia ha requerido profundizar el proceso de organización social. Se equivoca Guillermo Valdés, ex director del CISEN, al pensar -si es que piensa- que la sociedad no se organiza y no propone, y que el reclamo de las movilizaciones ha sido un llamado para que se haga valer el estado de derecho. Desde que Salinas instauró la política del “ni los veo ni los oigo”, la oligarquía en el poder sigue ignorando y despreciando cualquier propuesta en pos del cambio social que se realice de manera auto organizada y fuera del marco del estado. Más aun, lo que se niegan a escuchar es que hay millones de mexicanos que demandamos fin de los derechos del estado (y no más estado derecho -bien dicen que el sordo no oye pero compone). Es cierto que hace falta dar saltos cualitativos en la auto organización social, a nivel político, económico y cultural, pero ello sólo será posible conforme la insurrección avance y no antes puesto que las cadenas del conformismo, la rutina, la explotación y la manipulación ideológica son muy fuertes. No obstante, y a luces vistas, es claro que el movimiento social en general, ha entrado en una importante etapa de acumulación de fuerzas.

Una de las premisas que Calvert menciona, tanto para el éxito de una revolución provincial como para el éxito de una revolución metropolitana, es que la participación sea masiva, o mejor dicho, multitudinaria. Hay una cuestión estratégica sobre la que hay que ponerse de acuerdo. Así como muchos nos negamos a ser carne de cañón, también nos negamos a ser borregos. Si en los doce días que duró la guerra de 1994 nadie se levantó fue precisamente porque nadie nos convocó. Entendemos que la sorpresa es importante, pero en buena parte creemos que habría que recurrir a viejas prácticas revolucionarias en México, es decir, convocar a la insurrección a partir de tal día de tal año, sólo así podrá existir un mínimo de coordinación, de conciencia y de preparación, tanto por parte de la población como por parte de nuestras fuerzas civiles y militares. Es cierto que el estado quedará advertido de nuestros planes, pero es ahí donde nuevamente necesitaremos de los buenos oficios discursivos de los intelectuales orgánicos del movimiento para entrar al juego del poder, desenmascararlo, afrentarlo, demoler sus bases ideológicas, atraer simpatías de la población, combatir las campañas de miedo, etc.

Otro de los componentes que Calvert identifica como constante en las revoluciones es el de la existencia de un programa de lucha. El EZLN tiene un programa inicial que dio a conocer públicamente en su Declaración de Guerra, posteriormente en el marco de la conformación de la CND, el EZLN buscó construir nuevamente un programa de lucha con las organizaciones e individuos que se sumaron a la CND, sin embargo ese esfuerzo no fructificó. En 2006, uno de los propósitos del recorrido de la Otra Campaña era precisamente construir desde abajo un programa de lucha. Este esfuerzo fracasó en esa intención por la represión vivida en Atenco en mayo que pretendió arteramente abortar la insurrección civil y pacífica que nos propusimos como parte de la 6ª  Declaración de la Selva Lacandona. Para convocar a una insurrección necesitamos un programa de lucha. En palabras del EZLN un programa de lucha “debe contener tanto la lucha por las reivindicaciones materiales y sociales más sentidas como las reivindicaciones políticas que en esta tierra mexicana el grupo en el poder escamotea, mediante la imposición, la represión y el engaño, a la mayoría de la población”. ¿De dónde va salir ese programa? La respuesta tal vez la podremos encontrar si se convoca nuevamente a una Convención Revolucionaria, tomando como base la 6ª Declaración de la Selva Lacandona, evitando así que puedan colarse a ella organizaciones corruptas y contrarrevolucionarias -como las que se colaron a la CND, pero sobre todo recuperando las experiencias de las luchas recientes. Sin duda alguna, este es el peligro más grande, que a muchos nos ocasiona desconfianza, en esfuerzos organizativos como del Constituyente Ciudadano que distintas personalidades y organizaciones están impulsando. Hace falta que aclaren el proyecto, sólo así habrá posibilidad de que se tome como un esfuerzo serio, revolucionario y anticapitalista. Escribir una constitución es fácil, tener el poder del estado para implementarla es lo difícil, no nos engañemos.

Vayamos a un último punto, por demás importante. Calvert afirma que aunque indudablemente las fuerzas militares del estado (ejército, marina, fuerza área, policía federal, gendarmería, policías locales, policías de investigación) tienen una fuerza significativa y en muchos casos decisiva, también es cierto que tendemos a sobredimensionar el papel de las mismas lo que conduce al inmovilismo a amplios sectores sociales que podrían organizarse para derrocar al gobierno. En este sentido, Calvert asegura que en la mayoría de casos “la revolución sólo es posible cuando el ejército se ha puesto en contra del régimen prerrevolucionario; y la revolución resulta imposible si dicho organismo se opone resueltamente al cambio”. Es una aseveración que hay que valorar adecuadamente. Si en el siglo XIX no hubo paz en México fue precisamente por las constantes asonadas que jefes militares realizaron por todo el territorio nacional. Porfirio Díaz, el gran dictador liberal llegó al poder en su calidad de jefe militar mediante golpes al gobierno instituido.

Aunque en apariencia el aparato militar del estado es un bloque monolítico eso es falso toda vez que se encuentra marcado por diferencias de clase y de grupo, lo que da lugar a distintas identidades al interior del propio aparato. No es lo mismo un soldado raso que un soldado de fuerza de élite o que un soldado de la marina o que un simple policía municipal, aunque todos tengan uniforme, todos porten armas y todos hayan pasado por un “lavado de cerebro”. Los más importantes generales y militares de la guerra sucia desde los 70’s a la actualidad también han sido los más importantes criminales narcotraficantes en la historia de México. El proletariado militar padece las mismas precarias condiciones de vida que el proletariado industrial o campesino, e incluso es posible que peor puesto que se encuentra sujeto a un régimen de constante control, despersonalización y manipulación ideológica. En días recientes hemos visto verdaderas cátedras de ideologización por parte de los secretarios de la marina y del ejército a sus subordinados, que suponemos no son la excepción sino la regla en los cuarteles, cátedras en las que intentan explicar lo que sucede en México así como la importancia de que se mantengan leales al gobierno. Pero la cátedra que más nos ha llamado la atención es la que impartió el secretario de gobernación el pasado 24 de diciembreen la entrega de estímulos, ascensos, diplomas y distintivos a 5,230 elementos de la policía federal. En ella Osorio Chong intentó convencer a los policías galardonados de que las violentas manifestaciones de los últimos meses se debían a que las reformas estructurales habían afectado intereses -sin espeficar cuáles y de quienes- y que Peña Nieto era un presidente que no se había conformado con que “las cosas siguieran igual”, un verdadero salvador de la patria. La verborrea del secretario de gobernación y de los secretarios del ejército y la marina son indicio de que al interior de aparato militar hay fuerzas disidentes, y que pretenden neutralizarlas.

Nos queda claro que el aparato militar no se mantendrá neutro ante una posible insurrección, por más civil, pacífica y multitudinaria que esta se produzca. Debemos por ello realizar un trabajo de concientización entre el proletariado militar. Los policías y militares temen tanto como los obreros perder su trabajo, pero ello no quiere decir que no sean conscientes de la corrupción de sus mandos, ni de las condiciones de miseria que se viven por todo el país, y que son las que motivan que ellos mismos, como parte de un culto al Dios Capital, se vean involucrados en el narcotráfico y la delincuencia organizada. Y sabemos que son conscientes porque así lo reflejan los comentarios que los “pixeles” ponen, por ejemplo, en sus perfiles de Facebook o en los comentarios a las noticias de los periódicos. Incluso hemos podido saber que muchos de ellos reclaman un golpe de estado para acabar con la corrupción y la impunidad que el régimen actual solapa y promueve, el problema está en que los mandos superiores no están por ahora abiertamente dispuestos a ello (como fue el caso de Hugo Chávez). Sin embargo es posible, como lo narran muchos casos en la historia, que los mandos medios en un momento determinado verdaderamente tengan las agallas para estar al lado del pueblo trabajador.

Antes de que la guerra de 2006 viniera a trastornar el país, en una ocasión viajando de aventón hacia una reunión en algún estado del sur de país, llevando con nosotros propaganda de movimientos sociales fuimos retenidos en un puesto de control militar. Con dureza fuimos obligados a sacar todas nuestras pertenencias. Obviamente encontraron la propaganda. Luego de cuestionarnos sobre a dónde íbamos y que haríamos, hicieron que guardáramos nuevamente nuestras cosas. Inmediatamente después el mando a cargo, que fue quien realizó las preguntas, nos invitó a sentarnos, nos dio un refresco y nos animó a que tuviéramos precaución al caminar por la carretera. Vaya sorpresa. Indicio de que efectivamente el ejército y las fuerzas militares no son un bloque monolítico, pero sobre todo de que es factible que unidades del ejército actúen resueltamente a favor de una revolución política a lado de los demás trabajadores, sobre todo, como afirma Calvert, si estos se vuelcan multitudinariamente a las calles. No por ello estamos llamando en confiar en ellos -de ninguna manera, más aun, sobre todo hay que cuidarse de los lumpen-policías, aquellos que se venden y te matan por cualquier migaja o por cualquier “piedra”; en todo caso estamos llamando a realizar y continuar el sigiloso trabajo de concientización que se ha venido realizando entre las filas del aparato militar del estado mexicano.

Si lo pensamos bien, siguiendo a Calvert, opciones para una impulsar una revolución política no hay muchas. El derrocamiento del gobierno en turno sólo es un medio y no el fin. La violencia sub-revolucionaria que se ha hecho presente en las manifestaciones por la desaparición de los 43 de Ayotzinapa es indicio de la falta de una discusión teórica sobre lo que queremos, cómo lo vamos a lograr y quiénes lo vamos impulsar. Pese a lo que piensan muchos, incluido el EZLN, la violencia sub-revolucionaria permanente (pj la de los anarquistas que no buscan derrocar al gobierno sino aumentar la conflictividad social), es necesaria, tanto para seguir demostrando nuestro hartazgo e indignación contra el sistema capitalista, como para mantener prendida la llama de la revuelta, cuestión muy importante en año electoral, pero sobre todo para seguir sobreviviendo el día a día de este sistema de explotación y de muerte. Habrá quienes se echan un pedo frente a su patrón, otros preferirán prenderle candela a ese mismo patrón. Los caminos de la resistencia, ya lo dijo James Scott, son muchos y muy variados. Los zapatistas incluso han abierto escuelas para compartir sus conocimientos con otros movimientos y con otros colectivos e individuos. La resistencia es la base del cambio social y es en sí una toma de poder puesto que precisa de una empoderamiento -y de una insurrección.

Una revolución política anticapitalista en México es una tarea pendiente. Es importante reflexionar y actuar consecuentemente. Ser pueblo, hacer pueblo y estar con el pueblo. Es importante también seguir trabajando cotidianamente por el cambio social. Ese menos que ninguno vendrá de arriba aun cuando podamos concretar una revolución política anticapitalista, en eso sí que coincidimos totalmente con los compañeros zapatistas quienes de manera magistral nos han enseñado que el cambio social anticapitalista sólo será posible desde abajo y a la izquierda, con la participación de todxs, porque si de algo estamos seguros es que la verdad, la justicia y la libertad no serán regalo de nadie, sino que son derechos que tienen que conquistarse y defenderse.

Los compañeros zapatistas han declarado que en los próximos días harán de conocimiento público textos teóricos, llenos de pensamiento crítico, para analizar la realidad y la situación a la que nos enfrentamos hoy día. Sirva este texto para el diálogo y el debate.

A 21 años de la guerra contra el olvido. ¡Ni un paso atrás!
Presentación con vida de los desaparecidos
Libertad para todxs los presxs políticxs

Bibliografía
El libro de Calvert al que nos hemos referido aquí da para muchas reflexiones. Aquí sólo hemos apuntado algunas. Recomendamos ampliamente su lectura:
Calvert, Peter. Análisis de la Revolución. México, Fondo de Cultura Económica

 



Enero 22 del 2015
http://www.noticiasdelarebelion.info/?p=7398

La Voz del Anáhuac - Sexta por la libre
http://sexta-azcapotzalco.blogspot.com/2015/02/a-21-anos-del-levantamiento-zapatista.html


La VOZ del Anáhuac

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Published by redlatinasinfronteras
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